La lógica del caos

Palabras: Jimena Salas / Fotos: Lalo Rondón

Cada cierto tiempo, la casa-taller de Fernando Otero se transforma: objetos y muebles aparecen o desaparecen; nuevas piezas de arte llegan o cambian de lugar. “El ejercicio de mover es buenazo”, asegura el artista plástico. Solo en las últimas veinticuatro horas, luego de pasar una mano de pintura blanca, ha vaciado y reorganizado anaqueles, redistribuido cuadros con lo que él llama “un orden desordenado” y tirado algunas cosas, principalmente botes de pintura y envases varios que ha estado utilizando para mezclar colores.

Las acciones de depuración y recomposición de su hábitat –así como el caos que las precede– conducen hacia una reflexión o un nuevo proceso para Fernando. Actualmente, trabaja en tres exposiciones mientras recorre otros tantos proyectos personales en paralelo. La constante mutación de su entorno es una muestra de su propia evolución personal, así como de su búsqueda permanente. El acto de “metabolizar y remetabolizar”, según el artista, es una manera de reinventarse, aprender y vivir más de una vida en una vida.

Cuando llegó a esta casa, tenía solo una planta. Él construyó el segundo nivel: la antigua escalera de caracol se convirtió en una escalera recta, y junto con otros cambios arquitectónicos logró integrar los ambientes de arriba y abajo. Aunque las modificaciones que siguieron a esa remodelación no fueron tan profundos a nivel estructural, sí han impactado en la funcionalidad y uso de cada estancia. El altillo que durante un buen tiempo fue su dormitorio es hoy un depósito, y él se ha mudado a la antigua habitación de huéspedes de la primera planta, donde disfruta de una luz más tenue y un entorno más contenido.

En el segundo nivel, su área de trabajo es un espacio dual y flexible que, en momentos determinados, se convierte en zona social. Así, desde su amplio sofá verde puede sentarse a conversar y tomar algo con sus amigos, pero también acomodarse en soledad para contemplar lo que esté pintando. Aquí conviven el caos del arte y la sutileza de lo cotidiano.

Al fondo, en una esquina, un sencillo escritorio acumula pinceles, chisguetes de acrílico y otros materiales de pintura, y sobre él, paradójicamente, se exhiben dos cuadros que no han sido creados por él: un paisaje marino que antes estaba en la sala de su abuela, y una obra conceptual de su amiga y compañera de promoción Sandra Gamarra. A pesar del aparente contraste visual, para Fernando ambos cuadros funcionan a la perfección cromática, estética y simbólicamente.

En las repisas o sobre las mesas, todo tiene un significado o trae una memoria. Cada elemento viene de algún viaje, es una herencia familiar o cumple un fin para su trabajo. “Me interesan los objetos que están más cerca del basurero que de la vitrina. Siempre me han dado más”, explica. “Porque si encuentro algo rescatable en ese objeto, es algo muy real, muy auténtico. El otro objeto [el que se encuentra en una vitrina] es bello per se, no necesita que lo justifiquen ni lo defiendan. En cambio, si una cosa abyecta resulta interesante, creo que es algo muy personal lo que veo ahí. Algo que de repente nadie más podría ver”.

Esculturas y figuras de manos, cabezas, una variedad de abanicos, fotografías de puentes antiguos, discos de vinilo de colores, herramientas y otras peculiares colecciones aparecen en el recorrido. Fernando salva de su destino lo antiguo y lo menos lustroso porque para él, en la sociedad de consumo en la que vivimos, no solo lo nuevo y lo industrial tienen derecho de existir y ser contemplado o usado. Lo antiguo, la pátina y el eco del pasado que habitan en las cosas viejas tienen una poesía particular que merece ser puesta en valor.

Un día, en uno de sus tantos ejercicios metabólicos sobre el espacio, Fernando cayó en cuenta de que tenía una cantidad abrumadora de libros de arte. ¿Qué hacer con ese caos? “Vamos a convertirlos en un elemento”, pensó. Y fue así que, con ayuda de un fierrero, creó una columna de libros que, gracias a sus discretas planchuelas, permite sacar los volúmenes sin tener que tirar todo abajo. Como nada está exento de significado para él, además, explica que esta pila de libros tiene un carácter interpretativo: representa que el conocimiento sostiene nuestro techo y genera, en gran medida, algún tipo de estructura.

Sus cuadros, que hasta hace no mucho estaban colgados a manera de cuadrícula, hoy están ubicados de forma más libre, aleatoria. Pertenecen a una serie anterior. Así como su obra, esta casa seguirá mutando, resonando con las ideas que habitan la mente de su morador.

Para Fernando, sin embargo, su casa está en una etapa de repensar la acumulación. Y él mismo procura desaprender, aligerar. “Estoy en una edad en la que hay que quitar cosas, más que poner: hay que quitar hábitos; quitar sal, quitar azúcar, quitar carbohidratos y quitar varias cosas”, explica con humor; sin embargo, también es consciente del ritmo oscilante de nuestra naturaleza humana. “Quizás la vida tiene forma de sismógrafo y hay picos, y luego se emprende otra mecánica que también es rica”.

Tiene como objetivo no muy lejano vaciar uno de los dos depósitos que ahora están llenos, pero sabe que no será una tarea fácil. No solo porque se autoperciba como una suerte de acumulador encubierto debido a su trabajo, o porque se obsesiona encontrando belleza en los objetos que otros no dudan en descartar. Es, sobre todo, el temor de dejar ir la memoria.

“Creo que también vamos a tener que aprender a olvidar en algún momento”, reflexiona. Solo que en ese ejercicio de soltar es que renace, una y otra vez, él, su obra, su casa y sus ideas.