Un buen comienzo

Palabras: Fiorella Iberico / Fotos: Paula Virreira / Una historia de Armando Paredes

Después de haber vivido varios años en Estados Unidos y de pasar un tiempo en casa de sus padres a su regreso, Rodrigo Noriega quería volver a tener un espacio propio. Un espacio que por fin represente su estilo y forma de vida, incluso proyectándose un poco en el futuro. Que marque una nueva etapa. Cuando vio en planos este departamento de 120 metros cuadrados en el edificio de Armando Paredes de Pasaje Los Pinos, supo que podía hacerlo su lugar.

Antes había vivido en un pequeño estudio. Era práctico, pero también demasiado compacto para su ritmo de vida. “Si venían amigos, la cama estaba al lado de la sala”, recuerda. No había espacio para crecer. El nuevo departamento resolvía ese problema: más metros, más ambientes y, sobre todo, una sala amplia donde la vida podía suceder funcional, ordenada y con calma.

Para armar ese primer depa propio trabajó junto al diseñador Gianfranco Loli, quien lo ayudó a encontrar los muebles clave y la mejor configuración para sacar provecho del área social, y para lograr una onda moderna y relajada, donde lo más importante es la comodidad.

Rodrigo también tenía piezas especiales que ya venían con él y que de todas maneras debían encontrar su lugar. Los cuadros, por ejemplo, los había comprado antes: tiene una fotografía de Hans Stoll y algunos afiches de la tienda del MoMA. También conservaba unos skates como recuerdo de su etapa practicando downhill, que ahora cuelgan en una pared, y varios objetos que fue trayendo de Estados Unidos: libros, pequeñas esculturas y detalles que le dan personalidad a la sala.

El gran sillón, profundo y envolvente, es probablemente el mueble más usado de todo el departamento. Es donde Rodrigo se toma el café de la mañana, mientras la luz entra con fuerza por las ventanas y va llenando de energía la casa. Al volver del trabajo, suele terminar en el mismo lugar: escuchando música y simplemente dejándose caer.

Su rutina diaria es sencilla. Sale temprano a trabajar en una fintech y regresa por la tarde. Desayuna rápido antes de salir —huevos y café— y los viernes a veces trabaja desde casa, en un estudio que acondicionó en uno de los dormitorios. Los fines de semana, el departamento cambia de ritmo: llegan amigos, se abren botellas de vino y se prende la parrilla en el balcón que da al pasaje verde del edificio.

Hay también un pequeño diálogo familiar en la decoración. Su padre, que siempre ha tenido buen ojo para los interiores, lo ayudó a tomar algunas decisiones. Juntos compraron algunas piezas y pensaron soluciones prácticas, como ocultar la refrigeradora detrás de un mueble hecho a medida para que la cocina abierta se vea más limpia.

Otras decisiones fueron completamente suyas. Hace poco sumó dos lámparas nuevas: una pequeña, con una luz naranja que le da un punto vibrante a la sala, y otra que dialoga con la gran planta que lo acompaña desde que se mudó. Rodrigo no suele encender todas las luces de la casa por la noche; prefiere una iluminación suave, que va transformando el ambiente a medida que cae la tarde.

Aunque lleva poco tiempo viviendo en Pasaje Los Pinos, Rodrigo ya imagina que este departamento podría acompañarlo varios años. Siente que tiene suficiente espacio para adaptarse a distintos momentos de la vida. Por ahora, solo le queda como proyecto intervenir el único cuarto que sigue vacío y reorganizar su colección de autos de Fórmula 1. Pequeños ajustes para un espacio que, poco a poco, termina de acomodarse a su manera de vivir.