Una casa de familia

Fotos: Alexandra Colmenares

Llegaron a esta casa hace veinte años. Sus hijos estaban casi recién nacidos; sus carreras como artistas plásticos estaban en ese momento inicial pujante, crucial; no tenían muchas cosas, ni muebles, ni nada, porque lo más valioso que poseían, una colección de óleos de Ricardo Flores que les tomó años reunir, la habían vendido para poder comprarse la casa, justamente. Y ahí estaban Yvette Taboada y Alfredo Alcalde: preocupados por el presente e ilusionados por el futuro, como tantas otras parejas jóvenes que emprenden una nueva aventura.

Sintieron la calidez del nuevo hogar desde el primer momento en que estuvieron adentro. La casa construida en 1938, en Magdalena, había pertenecido a un médico con un gran espíritu caritativo: toda la cuadra lo conocía como una persona muy humana, muy preocupada, siempre dispuesta a ayudar. Para Alfredo, su energía sin duda influye en el aire acogedor y apacible de la casa. Ahí, en sus salones, su propietario solía reunirse en tertulias con artistas e intelectuales de su época, como Manuel Domingo Pantigoso y Carlos Quizpez-Asín. Quizás por eso Alfredo e Yvette se sintieron tan a gusto muy pronto. Estaban en casa.

Era una construcción de una sola planta, del tipo chalet muy propio de la época: parecía un ranchito con aires mediterráneos. El patio recibe al visitante y un largo corredor atraviesa la casa y la divide en dos: en el lado derecho está el área social, y en el izquierdo, el espacio privado, que son tres dormitorios y sus baños. Al fondo se distingue otro patio, tras el cual hoy se encuentra una amplia cocina con su encantador comedor de diario: antes estaban separados, pero ellos los juntaron bajo un solo techo. Ese fue uno de los cambios que le hicieron a la construcción. Otro fue tumbar la pared que separaba el comedor del patio y poner en su lugar una mampara, para que entre más luz a la casa. Finalmente, construyeron un segundo piso: arriba está el gran taller de Alfredo.

Dicen que, a lo largo de la vida, uno siempre busca volver al lugar donde fue feliz. En el caso de Alfredo e Yvette, ese lugar es el campo. Él nació en Chimbote, a cien metros del mar, y esa cercanía le generó, desde muy niño, una gran ansiedad. Le temía al horizonte, a la profundidad y a las noches tan oscuras. Por otro lado, la extrema humedad le estaba afectando la salud, así que su padre compró un terreno en la campiña. Entre algodonales y maizales, y vecinos que mantenían sus puertas abiertas, Alfredo descubrió la libertad que genera la sensación de seguridad.

Yvette es de Huánuco. Cuenta que, cuando era pequeña, se daba la vuelta frente a su casa y admiraba los cerros verdes que estaban a su espalda. Su padre tenía plantaciones cerca a Tingo María, por eso ella vivió muchas temporadas en el campo, rodeada por un ambiente muy libre, simple y familiar. Ahí convivía con los trabajadores del campo y aprendió mucho de ellos.

No puede extrañar, entonces, que ambos hayan impregnado su casa de un espíritu provenzal. Aquí no hay mucho vidrio ni metal, no hay superficies brillantes: sí, en cambio, hay mucha madera envejecida, hay barro; no existe un interés por la pulcritud ni la perfección, y sí por recolectar -abarrotadamente incluso- aquello que tiene que ver con la vida.

Él habla apaciblemente, es el amable narrador de esta historia: Yvette lleva su sensibilidad y su gracia a flor de piel, y es el calor que abriga el hogar. Ambos renunciaron a sus profesiones originales (Administración y Mecánica industrial, respectivamente). Se conocieron en la Escuela de Bellas Artes. Él era uno de los alumnos que buscaban al mítico Víctor Humareda para ampliar el pincel y la mente; ella era la discípula predilecta del maestro. Después de un año y medio de relación, Yvette y Alfredo tuvieron a Diego, su primer hijo. Es sabido ya que la noticia de ese embarazo no cayó bien a Humareda, para quien el arte era un apostolado al que había que consagrarse. Con el tiempo, sin embargo, el pintor de Barrios Altos los perdonó y se convirtió en un mentor y amigo cercano de la pareja, a quienes visitó hasta el último día de su vida.

“Aquí vivimos cuatro artistas”, aclara Alfredo. Se refiere a Diego, que ya tiene 33 años y que le siguió los pasos como pintor: estudió en Bellas Artes, en Lima, y en Ciudad de México y Florencia. Su trabajo es notable. Y también se refiere a Camila, de 29, bailaora de flamenco que ha estudiado en Madrid y Sevilla, y que acaba de volver a Lima después de una estadía europea. Ella es la inquieta, la que está en movimiento constante. Si el taller de Alfredo ocupa el segundo piso, el espacio de creación de Yvette es el escritorio de la primera planta. “Le ganó un poquito su ímpetu social”, explica Alfredo. “Ella es promotora cultural ad honorem en colegios, forma niños, y se involucra en muchas causas sociales. Cada vez pinta menos, pero tiene una sensibilidad muy profunda. Y nunca he conocido a un artista que dibuje tanto como ella. Es prolífica”.

Diego y su esposa, la diseñadora Aurora Becerra, acaban de ser padres de un niño, Juan Diego, hace cuatro meses. Alfredo e Yvette están disfrutando mucho tener al nieto en casa. Diego se ha hecho de un espacio en el taller de su padre, pero ya empieza a investigar formatos más grandes y el lugar le queda chico, en más de un sentido. “A Diego le estoy diciendo que parte de su realización es irse a un espacio con su personalidad”, dice su padre. La casa es especial y acogedora -como un lugar de otro tiempo y de otra luz en medio de la ciudad-, y siempre será parte de su historia, pero “él tiene que crear su mundo”, su padre lo sabe.

“A mis alumnos siempre les hablo de la importancia del ‘pequeño estado’, de la familia y de que tu casa sea como tu cuartel general.  Eso te permite generar vínculos no solo inmediatos sino incluso en el arte. Nosotros siempre nos planteamos fortalecer ese aspecto principista, la certeza de que el creador es parte de un colectivo. Antes de llegar aquí vivíamos en la Quinta Heeren, o sea que siempre hemos disfrutado el vivir en un espacio amplio y artístico. Aquí siempre hacemos convocatorias y reuniones con artistas, de la plástica, del teatro, de la música. Esta casa es un espacio abierto”.

¿Cómo plasmar en una pintura “el movimiento, la armonía y el arabesco”, si no convives con ellos a diario? De eso están seguros Yvette y Alfredo, y por eso las paredes de su casa están llenas de cuadros, grabados y dibujos, que cuelgan muy juntos unos a otros; por eso hay esculturas y artesanía sobre los muebles y en cada estancia, y por eso también es que hay tantos libros y tantas flores y ese piano. “No es que yo soy hombre en mi casa y artista cuando entro a mi taller: lo que expresas en una obra es producto de lo que ven tus ojos todos los días. Esto, para nosotros, no es acumular, es cargarnos lo más posible con la mejor vitamina. Nosotros hemos hecho el ejercicio y hemos tomado la decisión de rodearnos de todo aquello que ha influido en nuestra vida y en nuestro arte”, dice Alfredo, señalando los cuadros de sus maestros Humareda y Ángel Chávez, y de sus amigos Alberto Quintanilla, Carlos Ostolaza y Joselito Sabogal. Tienen piezas que representan distintas etapas de la historia última del arte mexicano –pues la familia tiene un vínculo grande con México–, de nombres como Francisco Toledo, Rufino Tamayo, Ricardo Martínez y Carlos Mérida. La parte afectiva ha definido el criterio de selección de las obras que tienen cerca.

“La casa tiene el espíritu del coleccionista, es que yo quiero seguir conversando con estas obras, cada pintura me dice cosas nuevas todos los días. A veces muevo las piezas, pongo algún cuadro que recién ha llegado y que me emociona mucho en esta salita o en la biblioteca, que son los lugares donde paso más tiempo pensando y leyendo, así puedo tener más cerca esos cuadros que tanto quiero ver”.

“En el arte uno tiene la posibilidad de llevar una vida fructífera. No solo tienes la posibilidad de crear y de que tu obra tenga demanda, sino de estar feliz con lo que haces, con lo que vives, y ser un buen ciudadano, un buen contribuyente, ser parte de algo armónico en la sociedad”, finaliza Alfredo. “En esta casa vivimos agradecidos lo que la vida nos ha dado de buena gana, sabiendo también que ha sido producto de nuestra disciplina y dedicación”.

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