La vida juntas

Fotos: Ale Vera

Conseguir piso céntrico en Madrid a un precio razonable es tarea difícil. La fotógrafa Alejandra Vera y la productora audiovisual Tatiana Fernández han tenido suerte: unas amigas suyas se mudaron a Barcelona y les dejaron en alquiler su departamento en Chamberí, mucho más espacioso e iluminado que el depa en el que estaban viviendo, con una cocina más grande y una ventana preciosa; en una zona que sigue siendo céntrica, pero en la que vive gente un pelín mayor, no hay tanta fiesta ni turista, y sí hay más vida de barrio, con los mercaditos, las tiendas y las familias. Se mudaron en abril y están felices.

Este año se cumplirán cinco desde que dejaron Perú y se fueron a España. Llegaron primero a Málaga (la última ciudad en la que Tati vivió antes de mudarse a Lima) y se quedaron seis meses en el sur, como para aterrizar emocionalmente. Sin embargo, tenían que decidir dónde instalarse definitivamente, así que hicieron un ejercicio: Tati fue a Madrid y Ale a Barcelona, y la ciudad que les ofreciera un trabajo o un proyecto primero, sería aquella a la que se mudarían. Madrid ganó.

La principal motivación para irse de Lima fue que se querían casar y Perú no se los permite. Tatiana es española, de Granada, así que sabían que como pareja tendrían facilidades allá. Pero el deseo de casarse y eventualmente tener hijos no fue la única razón: “Queríamos crecer a nivel profesional y sentíamos que en Lima habíamos llegado a nuestro techo y que era complicado seguir subiendo por ser mujeres”, explica Ale. “A las fotógrafas no nos dan tanta bola, ni nos encargan cierto tipo de comisiones. Así que nos propusimos buscar otras cosas, y también descubrir nuevas maneras de ver lo que hacemos”.

Cuando llegaron a Madrid, la ciudad había recibido unos meses antes a Manuela Carmena como su flamante alcaldesa: una mujer mayor, septuagenaria, laica y de izquierda, que había recibido mucho tiempo antes el Premio Nacional de los Derechos Humanos por su activismo. Los primeros años, Ale no estaba muy conectada con el momento político y social de Madrid ni de España: estaba concentrada en encontrar su propia identidad en un lugar completamente nuevo. Pero a medida que fue pasando el tiempo y que fue conociendo más gente, empezó a darse cuenta de un montón de cosas. “Como mujeres lesbianas y en mi caso, además, migrante, siento que Madrid ha sido muy amable con nosotras”, opina Ale. “Me siento superlibre caminando por las calles, me siento como en mi casa. Y esa sensación yo no la conocía más allá de mi barrio en Miraflores, que es una burbuja. Aquí es toda una ciudad que te acoge. Y en eso sí tiene mucho que ver las políticas de la ciudad. El simple hecho de que en los semáforos de peatones se haya incluido la figura de dos mujeres de la mano es muy simbólico… ¡Yo en mi vida me hubiera imaginado eso en Lima! Para mí el mensaje no es un ‘Te acepto’, sino es un ‘Está todo bien, no eres especial, eres como todos’, y siento que así debe ser”. 

Esta es la tercera vez que Tatiana vive en Madrid y cree que todos los cambios y mejoras conseguidas en los últimos años, en términos de calidad de vida para la gente, se mantienen para la ciudad, a pesar de que no han faltado críticas ni cuestionamientos a la gestión de la famosa alcaldesa. Tati, además de ser del sur, también se considera madrileña. Y a la gata que adoptaron la llamaron Manuela, por cierto.

Empezar a trabajar en Madrid les fue muy fácil y ha sido mucho lo que han hecho. Hasta hace poco funcionaban como Estudio Atlas, pero ese nombre lo usan empresas que se ocupan desde construcción, servicio de mudanza, hasta diseño gráfico, entonces siempre surgían confusiones. Entonces pensaron que lo suyo es un negocio familiar (en el que además participa su socio y mejor amigo Pablo López Pelocodo) y han rebautizado y relanzado su estudio como Fernandez Vera. Es una agencia creativa, en realidad, que hace fotografía, producción, videos y contenidos en general. Y para reforzar la dinámica tan familiar de la agencia, el centro de operaciones es el piso nuevo de Chamberí.

Ellas mismas han fotografiado su depa para este artículo, y lo han hecho pensando en las cosas que más les gusta hacer. Tati pasa mucho tiempo en la cocina; cocinar es algo que disfruta un montón, es un momento casi meditativo para ella. Le encanta ir de compras por ingredientes, probar recetas y ahora que trabajan en casa se ha generado una rutina muy paja alrededor de la cocina y la mesa. Pablo, Ale y ella están trabajando y a media mañana ella se levanta y les dice “¡Venga chicos, a comer algo!”, y corta unos quesos, unos panes. Luego cocina y almuerzan juntos, conversando sobre los proyectos, lo que les falta por hacer. Eso durante el día; por las noches o los fines de semana, Ale y Tati organizan muchas comidas con amigos. Les gusta recibirlos.

Es un lugar muy cálido. El suelo de madera es lindo y además tienen la suerte de que el edificio tenga caldera, así que la calefacción es gratis. No soportan las luces altas ni blancas en ningún lugar de la casa: procuran usar siempre luces amarillas y bajas, tratan de que todo tenga una sensación campestre.

El depa está lleno de arte y de libros, que además van colocando de manera muy creativa; resuelven con gusto y habilidad cualquier problema de espacio o de exhibición. A Ale le gusta tener revistas y libros de referencia para su trabajo, y además colecciona fanzines de arte. No tienen toda su colección con ellas porque entre las mudanzas de depa, de ciudad y de continente han tenido que dejar atrás muchas cosas, sin embargo, también han ido adquiriendo otras.

En Lima ya vivían juntas. Su historia es mostra. Se conocieron virtualmente a través de amigos en común y conversaban a la distancia, cada vez más y de todo tipo de cosas. Tati se sentía enamorada, pero a la vez le parecía demasiado raro sentir eso por alguien a quien no conocía en persona. Estuvieron así varios meses: contándose todo, quedándose dormidas frente a la compu con Skype abierto… “En un punto me dije: o nos conocemos o dejamos de hablar, porque yo literalmente me caía de sueño en las esquinas por la diferencia de hora”, se ríe Tati. Lo cierto es que se fue de vacaciones a Perú para reunirse con Ale. Pasearon mucho; Ale le presentó a su familia, viajaron al Cusco… Fueron unos días increíbles. Tanto, que cuando Tati volvió a España solo podía pensar en Ale y en Lima. Regresó después de la Navidad del 2012 con la intención de quedarse.

“Llegué para mudarme de frente con Ale. Si no funcionaba me regresaba, pero las cosas hay que hacerlas. Había algo que me decía que tenía que hacerlo. Y los dos años que estuve en Lima fueron maravillosos: me parece un regalo de la vida, siempre estaré muy agradecida de haber vivido allá y de tener ahora una familia peruana. Además, en Lima se me dieron una serie de oportunidades laborales, como ser editora gráfica de una revista. Así que dejé parte de mí ahí, estoy orgullosa del trabajo que hice. Te diré que soy lo que soy gracias a ese periodo en el Perú”.

Ale se trajo de Lima libros de fotografía que no quería dejar, también algunos adornos, pero la mayoría de lo que tienen en el depa las han conseguido en España o en alguno de sus viajes últimos. Las piezas de arte más importantes y queridas que tienen son las de José Vera Matos, hermano de Ale; también tienen un cuadro de Henry Vera (papá de Ale), unas piezas de Selina y Elena Feducci y otra de Fujiya. También usan como decoración funcional objetos muy simples en los que encuentran belleza, como cajas de ropa o zapatos vacías, o ladrillos. Y cuelgan sus fotos –las que ellas mismas hacen– con clavitos. 

Se casaron el 7 de octubre del 2016 en Marbella, frente al mar, en una casa de playa que alquilaron. Lo organizaron ellas mismas: invitaron a muy poquita gente, pero todos muy especiales y cercanos. Llegó toda la familia de Ale, incluyendo su sobrina Emilia, que nació luego de que ella se había ido de Lima. Ese fue su mejor regalo de bodas. El hermano de Ale fue el padrino y la tía de Tati, la madrina. Todos se sentaron en una mesa larga para no separar a nadie; compartieron un par de paellas gigantes y ellas estaban guapísimas con las coronas de flores que una amiga suya les hizo. Fue tal cual lo habían soñado, uno de esos días que te regalan recuerdos largos y profundos. Al poco tiempo recibieron una carta del ayuntamiento de Marbella felicitándolas y contándoles lo felices que estuvieron de casarlas. La vida juntas ha estado llena de sorpresas.

A %d blogueros les gusta esto: