Sorpresas que da la vida

Palabras: Adriana Garavito/Fotos: Hilda Melissa Holguín

Genoveva San Miguel tenía una lista de cosas en las que no pensaba ceder. Si iban a dejar su casa grande con jardín para mudarse a un departamento mucho más pequeño, había condiciones: que no esté en un segundo nivel sin ascensor, que no tenga ventanas oscuras, que tenga terraza y que no esté cerca de la avenida. Ella lo recuerda entre risas hoy, sentada junto a su esposo, el artista José Luis Guiulfo, desde la sala de su depa en un segundo piso, sin ascensor ni terraza, con ventanas de tinte marrón y a unas pocas cuadras de la avenida. ¿En qué momento los imprescindibles se fueron al tacho? Ellos lo cuentan con carisma, casi orgullosos de cómo se dieron las cosas.

La mudanza estaba mapeada desde hace mucho. La pareja vivía en una casa grande desde el año 1992. Ahí criaron a sus tres hijos y disfrutaron de los placeres que trae un gran espacio, como los almuerzos largos, las parrilladas en familia y ver a los chicos correr por el jardín. Sin embargo, el paso del tiempo vino con desorden.

Las casas a su alrededor se convirtieron en edificios inmensos. Se despidieron de sus vecinos de toda la vida y, de a pocos, el ruido del tráfico y el caos típico de avenidas grandes de Lima invadieron su espacio. José Luis cuenta, con algo de pena, cómo “la zona cambió drásticamente”. Ellos querían algo de calma.

Sus hijos crecieron y dos de ellos se fueron del país. Tanto espacio era innecesario. “Siempre supimos que llegaría el momento de dejar una casa tan grande”, agrega Genoveva, quien es corredora inmobiliaria. Pero encontrar otro hogar, para el nuevo tamaño de familia que eran, no resultó tan fácil. “O los departamentos eran enormes o muy chiquitos”, cuenta ella. “No encontraba nada que nos acomode y se iba acercando la fecha en la que teníamos que entregar la casa”.

Entonces, Genoveva decidió romper sus propias reglas y accedió a ver por dentro su actual departamento. A primera impresión, el espacio era muy oscuro. Además de las ventanas, las paredes estaban pintadas de crema, lo que le daba un aspecto lúgubre. “Pero los espacios en sí me parecieron perfectos”, explica. Esa misma noche lo separó.

La sala y el comedor dan la bienvenida y un pasadizo amplio pasa junto a la sala de estar antes de llegar a los cuartos que quedan en la zona posterior. Si bien la luz no es prístina, pues se filtra a través del cristal oscurecido, es una luz que se pinta de un tono acogedor.

Desde la ventana de la sala se ve el parque. Si bien a unas cuadras pasan los autos por una avenida principal, dentro de casa no se escucha casi ruido. El barrio es tranquilo, los edificios son pequeños, los vecinos pasean a sus perros por un buen rato. Genoveva y José Luis están viviendo tal como querían.

Las paredes ya no son cremas, sino blancas y las pinturas de José Luis las habitan con una especie de seducción; no imponen, pero llaman a la contemplación. Los muebles son reliquias de la familia, especialmente el bar que perteneció al tatarabuelo de Genoveva y que, durante los noventa, fue utilizado como alacena en un cuarto oscuro. Por fin ha recuperado el lugar importante que siempre debió tener.

Todo el que haya pasado por una mudanza sabe que seleccionar qué llega a la nueva casa y qué debe quedarse en el camino es siempre retador. “Es sorprendente darse cuenta de la cantidad de cosas que uno guarda porque sí”, confiesa José Luis. En la sala de estar, hay objetos preciados, como las figuras de cerámica hechas por sus hijos cuando eran pequeños, una escultura y un dibujo, también hechos por sus hijos ya más grandes; algunas cositas que sus abuelos guardaron y les dieron un valor sentimental, como una cámara; los libros de fotografía de José Luis y, por supuesto, sus pinturas, como los bodegones del comedor (que son de los primeros óleos que pintó) y los rostros que adornan la sala.

Van poco más de medio año en este espacio, pero parece que fuera toda la vida. Hasta con los ojos cerrados se acomodarían. La energía es suave, se nota que están contentos y que haber reducido los metros no ha dejado que pierdan su esencia. Siguen recibiendo gente en casa, pasándola bien, y en el caso de José Luis, por supuesto, sigue creando.

Por ahora no tiene un espacio o estudio como tal dentro de casa, pero tampoco lo necesita. Está enfocado en explorar la fotografía para después pintar sobre las imágenes que captura. Así, gran parte del tiempo de postproducción de sus piezas se la pasa en la computadora. “Toda la casa es mi estudio”, dice. Y Genoveva no se queja. Por el contrario, le encanta saber que está creando.

Los nuevos espacios son oportunidades para volver a empezar; pero, para esta pareja, más que un reinicio ha significado un reencuentro con ellos mismos. En este depa, disfrutan de otra manera los detalles de la cotidianidad, de tener espacios para trabajar y explorar, para conversar y reírse, para ser abuelos, y para darse cuenta de que siempre es posible ser flexible y ver las cosas desde otra perspectiva, incluso esa en la que no te imaginaste jamás. Esta nueva etapa se sigue sintiendo como en casa.  

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