El arte del equilibrio

Palabras: Rebeca Vaisman/ Fotos: Paula Virreira

La artista costarricense Priscilla Sotela llegó al Perú hace siete años. Antes de eso había vivido en Panamá, donde no conocía a nadie. La mudanza a Lima, en cambio, no fue “un aterrizaje forzoso”, como dice ella, porque su esposo había vivido varios años de su infancia en Lima y, de hecho, sus suegros seguían en la ciudad. Así que habían ido constantemente y tenían amigos y conocidos que los esperaban. Además, cuando llegaron, su hijo mayor estaba por entrar al colegio y el pequeño tenía un año y medio. La pareja tenía las manos llenas y eso hizo que entraran en una nueva dinámica rápidamente.

Estuvieron primero en un departamento y hace un año y medio se mudaron a esta casa de tres plantas y jardín: ideal para los chicos, pero también para Priscilla, quien ha tomado el tercer piso para convertirlo en su taller de arte.

Por lo espacioso de la casa, la artista convocó al arquitecto e interiorista Gianfranco Loli para que le ayude a tomar algunas decisiones, encontrar ciertos muebles y solucionar los ambientes sociales. Aparecieron detalles lúdicos, como el espejo que se sale de la pared en el recibidor o el mueble verde con rejillas en ese mismo espacio; se integraron a la decoración muchos de los muebles que Priscilla ya tenía, y llegaron otros objetos para vestir los espacios de manera dinámica.

Se siente una casa con color y energía, a pesar de que si se mira bien, el mobiliario es más bien de tonos neutrales. Pero la pared gris tiene un punto verde cálido, y Priscilla ha introducido color en lugares inesperados, como la baranda de las escaleras. Por supuesto, el arte enciende mucho la casa. Hay varias obras hechas por Priscilla y otras que son parte de su colección personal, de artistas como la colombiana María Berríos, el costarricense Rafa Fernández, la chilena Evelyn Richter y la peruana Mariella Agois. La directora de Tregua, Mónica de la Villa, le ayudó a definir la ubicación de mucho del arte que tiene en casa.

“Yo siento que el color es algo igual nuevo para mí. Durante mucho tiempo me gustaba vestirme de negro o con colores neutrales; así también eran mis casas. Los colores y las combinaciones interesantes siempre me gustaron, pero no los había incorporado. Ahora que lo hago en el arte, también me sigue en otras partes de mi vida. De a poquitos he ido metiendo colores en mi casa, tonos que me llaman y me despiertan. Me pone feliz porque el color te mueve”.

En Lima empezaron su hogar prácticamente de cero. Solo los libros y las fotografías han estado con ellos en cada mudanza. Priscilla se describe como una gran lectora, que está constantemente releyendo libros. Por eso, el librero ocupa un lugar protagónico, como cabecera del comedor. Priscilla puede pasar casualmente por ahí y elegir un libro, como uno de poesía de Rupi Kaur, The Sun and Her Flowers, y leer un poema al azar para luego continuar con su día.

Lima ha significado muchos inicios. Es en esta ciudad que Priscilla empezó su proyecto artístico. El arte siempre había sido parte de su vida, aunque no expresado con pintura y pincel, ni de manera profesional. Estudió tres años de arquitectura, luego fotografía y diseño gráfico. “Yo fui estudiando las cosas que me llamaban la atención en el momento, todas relacionadas con arte y con diseño. Y a todo le fui sacando provecho”, asegura.

Cuando llegó a Perú, decidió tomarse un tiempo para ver qué iba a hacer laboralmente. Su casa de playa fue su primer lienzo en blanco. Empezó a pintar con miedo y mucho respeto. Desde entonces, su estilo basado en lo arquitectónico y en la conjunción de geometría y bloques de color ha evolucionado hasta tomar incluso formatos muy grandes e instalaciones. A finales del 2022, una de sus piezas serigrafiadas se hizo parte de la colección de arte que Armando Paredes comparte con sus amigos, a manera de un regalo muy especial: “Es lindo pensar que hay tantas casas que han recibido y tienen algo mío”, se sorprende hasta ahora Priscilla.

Si bien se acercó al arte con timidez, empujada por la necesidad de expresión y exploración más que por certezas, Priscilla ha ido tomando más riesgos y planteándose retos. Hace un tiempo, se acercó a ella Papri, una tienda de piezas fabricadas artesanalmente y en colaboración con marcas y artistas, y le propuso hacer un par de mesas de apoyo. Priscilla nunca había diseñado mobiliario, pero con un brief de Papri se puso a bocetear. El resultado son una pareja de mesitas con base esfera, una, y de cubo, la otra, y tablero de vidrio pintado, que la artista intervino con su combinación de líneas arquitectónicas y combinaciones llamativas de color. En su casa, Priscilla conserva los protitipos.

Se ha animado a hacer alguna otra pieza para su casa. En un viaje, encontró una manguera de luz: era pesadísima y no sabían cómo la iban a meter en la maleta, pero Priscilla sabía que le podía ser útil. Tiempo después, encontró en Sodimac un listón de madera, y vio la luz. Literalmente. Pintó el listón y a su alrededor enredó la manguera, de tal forma que la original luminaria une toda el área social con un toque escultórico y muy personal.  

Todas las mañanas Priscilla las pasa en su taller del tercer piso, jugando entre lienzos, probando con acrílico y con otros objetos que va incorporando para darle volumen a sus cuadros y elevarlos hacia la instalación. El trabajo termina cuando sus hijos salen del colegio, porque es importante para ella dedicarles tiempo. Muchas veces, sin embargo, le roba tiempo al fin de semana cuando está demasiado entusiasmada con una pieza. Para ella, todo es cuestión de encontrar un equilibrio.