Palabras: Adriana Garavito / Fotos: Hilda Melissa Holguín
Lorena Vargas se mueve con orgullo y delicadeza alrededor de su casa. Encontraría con los ojos cerrados hasta el adorno más pequeño y no duda en decir en voz alta lo mucho que le gusta pasar el tiempo aquí. “Yo sentía que había mucha energía estancada”, recuerda sobre los primeros momentos en el departamento. Ahora, siente que han liberado esa energía y han creado una atmósfera muy propia.






Llegaron en plena pandemia. Lorena, su esposo Álvaro y su primer hijo –que en ese entonces tenía cuatro años–, se mudaron al departamento de sus suegros. Se vieron obligados a meter sus propias cosas en un depósito y empezar a habitar un espacio en el que, por más de que eran muy bienvenidos, no se sentía del todo suyo. Pero el tiempo pasa rápido y las cosas cambian. A veces, toca experimentar despedidas. De pronto, Lorena y Álvaro se quedaron solos en el departamento. Se vieron rodeados por poco más de 200 metros cuadrados repletos de muebles, con cortinas oscuras que opacaban la hermosa vista que tiene el edificio. Y con la necesidad de renovar la energía vital del espacio.
Como publicista y curadora de contenidos, y apelando a su particular gusto estético, Lorena sabía que ese lugar era un regalo único, en muchos sentidos, que le permitiría jugar con su imaginación para crear un nuevo hogar para su familia. Pero había un problema: no sabía por dónde empezar.
“Era obvio que tenía que hacer cambios para que la casa se sienta como nuestra, que tenga nuestra personalidad y esencia, pero no sabía qué hacer. Lo peor fue cuando me traje todas nuestras cosas del depósito. Tenía doble de todo. Estaba muy abrumada”.


La mamá y la tía de Lorena llegaron al rescate y le mostraron un norte. Primera acción: sacar las cortinas de la sala. Lorena recuerda claramente ese momento: “Las tiraron al piso como si nada”, cuenta. El siguiente paso fue regalar los artefactos y objetos que sobraban; lo último y quizás lo más difícil –pues trascendía la mera funcionalidad y tocaba lo emotivo, la memoria– fue decidir con qué muebles de la familia quedarse.
No todas las piezas estaban en perfecto estado. Había manchas, óxido, algunos golpes. De nuevo: el tiempo pasa. Pero antes de terminar de poner orden, su tía le advirtió que ya no iba a encontrar madera así, y que esos muebles eran “unas joyas”. Lorena se enamoró de la promesa de lo que llegarían a ser tras un buen tratamiento.
Se necesita creatividad para desarmar y rearmar. Un mueble puede convertirse en dos, y esa transformación abunda en esta casa. Una parte de una cómoda se colocó en el cuarto principal y la otra parte se convirtió en escritorio para su hijo mayor, por ejemplo. “Comenzamos a reciclar, partir y reubicar”, explica Lorena emocionada. “Fue como comenzar a armar un rompecabezas”.




Muchos de los muebles recibieron un tratamiento wash (un look de madera gastada) y la mayoría están empotrados en las paredes, para regalar amplitud a la casa. Algunos muebles fueron dorados, como el que alberga la colección de CDs de Álvaro; se rescataron muchas piezas que estaban a punto de ser desahuciadas y que, en su lugar, recibieron una segunda chance para lucirse.
De a pocos, Lorena fue reflejando su esencia (y osadía) con su decoración. El librero del comedor tiene, además de la biblioteca, detalles peculiares, como una carterita vintage o unas pequeñas tazas, todos seleccionados por ella. De hecho, va rotando estos objetos, cambiándolos de sitio o de posición. Los cuadros de arte arequipeño (de donde es la familia de su esposo) tienen su propia pared al lado de la mesa redonda. La combinación de colores entre el arte, los muros y los textiles evidencia el buen ojo de la dueña de la casa.
Nada de esto sería posible de apreciar sin la envidiable luz natural que atraviesa las ventanas del área social. Ni siquiera se necesitó instalar luces en el techo. “Antes, la casa era mucho más oscura. Para darle luz reviví unas lámparas que mi suegra usaba como floreros. Son hermosas y transforman este ambiente en uno muy acogedor”, explica Lorena.





Su segundo bebé, de tan solo ocho meses, toma las siestas en una cunita al lado de la ventana del dormitorio principal. La luz lo arropa y se ve con claridad cómo es que el pequeño va cerrando los ojos, adormitado por la leche que cae del biberón. Al fondo, el paisaje verde acompaña los tonos neutros que caracterizan la zona privada, a diferencia de la saturación que existe en la parte social.

Lorena confiesa que aún quiere afinar detalles, que siempre está preguntándose qué cambios hacer y qué objetos pueden ser transformados. “La casa está viva y me gusta mantenerla viva”, afirma. El hecho de no saber exactamente cuál será la siguiente pieza en el rompecabezas no es abrumador, sino emocionante e inspirador.

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