Palabras: Fiorella Iberico / Fotos: Paula Virreira
Llegar a esta quinta en Barranco fue cosa del destino para Alexandra Grau. Después de muchos años viviendo en San Bartolo, entre el mar, los viajes y un taller instalado en su propia casa, la artista buscaba un lugar en Lima que le permitiera estar más cerca de su familia y, al mismo tiempo, darle un nuevo impulso a su vida profesional y artística. Encontró este lugar casi por casualidad, a través de una página de “Amigos de Barranco”. Vio aparecer la casa entre las plantas y no necesitó mucho más: “Desde que entré sentí que era para mí”.





Montar el taller fue lo primero. La artista textil necesitaba un espacio amplio, con techos altos y suficiente libertad para trabajar y acoger a otros creadores. Ale lo remodeló por completo. Incluso, construyó un altillo que inicialmente le servía como lugar para quedarse a dormir cuando aún iba y venía de San Bartolo, mientras duraban las obras: ahora, la cama naranja queda para invitados u otro artista que esté haciendo una residencia en su taller.
Después llegó la casa. Hoy ambos espacios están uno al lado del otro y funcionan como una extensión natural de su vida: puede crear, descansar, recibir a su familia y volver al trabajo sin necesidad de subirse al auto. Después de años de vivir en la carreteras, con agendas llenas y viajes constantes, esta cercanía representa también una nueva forma de habitar el tiempo.
“Mi espacio es mi templo”, dice Ale. Y basta recorrerlo para entender por qué. Cada objeto parece tener una historia y cada rincón está construido a partir de pequeñas obsesiones acumuladas durante años. Hay antigüedades, flores, textiles, sombreros, obras de artistas amigos y piezas que ella misma ha intervenido. La mesa del comedor, por ejemplo, la acompaña desde hace más de veinte años. “Prefiero tener mesa que cama”, cuenta entre risas. Para Ale, las cosas no necesitan ser nuevas para tener valor: le gusta encontrarlas, reciclarlas y devolverles una vida distinta.





En su casa, las antigüedades conviven sin demasiadas reglas con el arte contemporáneo, las texturas y las plantas. Ella misma define su estilo como una suerte de “boho chic” y con la presencia de cierto “terror al vacío”. Ella busca la sensación de estar guarecida. Encontrarse en un lugar donde todo lo que la rodea tenga sentido y donde pueda sentirse completamente ella.
Pero la belleza no está reñida con la funcionalidad. Ale quiso que cada rincón pudiera ser recorrido con libertad, especialmente porque su hijo Juan usa silla de ruedas desde los diez años a causa de una distrofia muscular. La casa fue pensada también desde esa realidad cotidiana: el baño, por ejemplo, fue remodelado para facilitar su desplazamiento y mantener, al mismo tiempo, el estilo que define el resto de los ambientes. Aquí la accesibilidad no aparece como una adaptación posterior, sino como parte natural de la manera en que la familia habita y comparte el espacio.




En su rutina, la mañana comienza temprano. A las seis, cuando la casa todavía está en silencio, la artista prepara café, escucha mensajes de gratitud, hace un poco de estiramiento y se toma un tiempo para ella. Después, si puede, sale a la playa con sus perros y se mete al mar. Son pequeños rituales que contrastan con la intensidad que reconoce como parte de su personalidad. “Soy salvaje, intensa, amorosa, leona, guerrera y supercreativa”, dice. Ahora, sin embargo, también está aprendiendo a hacer una cosa a la vez. El taller al lado de la casa le permite justamente eso: trabajar sin alejarse de lo que considera importante.
Allí nacen los kipus que desde hace quince años se han convertido en una de las principales expresiones de su trabajo artístico. Llegó a ellos casi por casualidad, cuando una amiga le pidió que hiciera uno. A partir de ahí comenzó a investigar la historia y la técnica de los antiguos kipus y a experimentar con fibras de alpaca, algodón y lana de oveja. Con el tiempo, esa exploración se convirtió en un lenguaje propio que la ha llevado a exponer en distintos lugares del mundo. Una de sus piezas imponentes (con 15 metros de diámetro) estuvo de gira en Brasil con el Museo de Oro. Otra, de 14 metros, llegó a ocupar cuatro pisos del Museo del Pisco.



Hoy, además, el taller se ha convertido en un lugar para compartir ese universo. Alexandra recibe grupos de turistas para una experiencia alrededor de los kipus: los acoge con un brunch, les cuenta cómo llegó a esta técnica y luego los invita a trabajar con hilos y nudos. Para ella, el gesto tiene algo de meditativo. Hacer, deshacer, anudar y desenredar se parece a la propia vida. Los nudos representan emociones, batallas, alegrías y tristezas. “Entro a mi taller y me olvido de mis problemas”, cuenta.
Alexandra Grau siente que está en un lugar donde puede quedarse. Ya no busca llenar la agenda ni estar permanentemente en movimiento. Quiere crear, compartir su trabajo, estar cerca de su familia y seguir construyendo el legado que también desarrolla a través de su fundación Ruedas Mágicas. Su casa y su taller son, en ese sentido, mucho más que dos espacios contiguos: son las dos caras de una misma vida.
