Palabras: Rebeca Vaisman / Fotos: Didi Domenech, Francisco Young & Paz Vallejo
Para entender cómo llegó Paz Vallejo hasta este departamento de Barcelona, hay que conocer su historia de finales y principios. La intuición del cierre siempre la ha movido hacia un nuevo ciclo. Nació y estudió el colegio en Lima, donde algo cada vez más fuerte le decía que tenía que irse pronto. “Creo que intentaba escapar tanto de la sociedad como de quien era yo ahí”, piensa ahora, a la distancia. Hizo un año de estudios generales en una universidad en Estados Unidos y viajó por vacaciones con amigas a Europa. Supo que tenía que quedarse.





Es la fotógrafa y directora de videoclips peruana que ha trabajado con artistas como Sebastián Yatra, Travis Scott, Quevedo, Aitana y Bad Gyal, y para clientes como Bvlgari y Raya. Su camino creativo no fue recto (casi nunca lo es): quiso estudiar arte, pero sus padres la convencieron de hacer algo “más amplio y seguro”. Cuando cambió Estados Unidos por Madrid, estudió Comunicación digital, Publicidad y Relaciones públicas. Su primer trabajo fue en una agencia, en el área de Influencer Marketing, encargándose del diseño gráfico, postear y hacer fotos y presentaciones. Pero ella quería hacer algo más creativo, algo propio.
“Nadie me ha enseñado formalmente, académicamente, a hacer fotos. Todo lo que sé es porque un amigo me lo mostró, porque lo encontré en Internet o sola, jugando. También porque me fue supermal en algún proyecto y aprendí a golpes”.
Vivió en Madrid ocho años. Siempre compartió departamento, a veces alquiló solo habitaciones. Cuando se quedó sin el puesto en la agencia, analizó su situación: Estaba sin trabajo, pero en una carrera que no la llenaba; podían quitarle la visa, pero vivía en una ciudad que sentía aún llena de posibilidades. “Yo soy muy avezada. Soy de tirarme a la piscina”, dice Paz. Así que decidió apostar por sus inquietudes. Preguntó a amigos, y a amigos de amigos; buscó contactos, le presentaron gente. Encontró nuevas comunidades en la música y el skate. Conoció a gente creativa, talentosa e inspiradora — “Carlitos, Nicolás, Félix…”, va nombrando —. Paz fue construyendo la vida que quería.





Cada vez que se hartaba de sentirse en una ciudad “tan encasquetada”, pasaba unos días en Barcelona. Ahí estaba su primo, un grupo de amigos peruanos y el mar. “Necesitaba ver un poco el horizonte”, explica ella. Y de nuevo, apareció esa intuición de estar llegando al final, de haber atravesado todas las capas de la ciudad. Pero, claro, decidirse no siempre es fácil: Madrid había sido un descubrimiento maravilloso y Paz necesitó un gran empujón para dejarla atrás. Era el 2023 y se sumaron varios factores: pasar un tiempo sin proyectos, terminar una relación sentimental, sufrir un accidente muy fuerte.
“Tenía todas mis cosas en Madrid. Una casa entera: muebles, una vida de ocho años. Y en ese momento me dije: ‘¿Sabes qué? ¡Se acabó!’. Y ese mismo día le avisé a mi compañera de piso que me iba. Cogí mis cosas, las metí en un camión y me fui. Llegué a Barcelona sin ningún trabajo, con ningún plan. No tenía casa, no tenía certezas, pero tenía una red de amigos”.
Una vez que llegó a Barcelona, todo se acomodó. Casi al instante recibió su primera gran comisión como fotógrafa, que la llevó a viajar mucho por Europa. Pasó dos meses durmiendo en sofás de amigos hasta que encontró el departamento que hasta ahora ocupa en el barrio de El Poblenou. Es un edificio de onda retro, con motivos modernistas pintados en las escaleras; el depa tiene techos altos y pisos de azulejos con diferentes diseños que parecen alfombras de colores. Lo gracioso es que le faltan todos sus “no negociables”: no tiene aire acondicionado, armarios empotrados, ni ascensor. Resultó que no eran tan importantes como el sentimiento de encontrarse en casa.








El sofá verde de cuero llegó con ella. También el sofá caramelo que está en la salita de estar — una especie de balcón cerrado —, que es muy especial porque perteneció a la mamá de una de sus mejores amigas de Madrid, quien murió de cáncer. En ese mismo ambiente, la mesa auxiliar es de sus posesiones más queridas: la talló en yeso, a mano, su amiga la diseñadora Belén Cabello, quien la terminó con un espejo como superficie. La idea para el mueble fue una sugerencia de la propia Paz.
En el escritorio está su tocadiscos que tiene que mandar a arreglar porque no está funcionando bien. Suele escuchar música, pero no como ruido de fondo mientras está en casa, sino con intención. Dice que la música es un pilar de su vida, que la mueve literalmente, porque suele viajar para ir a conciertos y festivales. Además, mucho de su trabajo ha girado en torno a la creación musical.
Paz convive con piezas que ella misma hizo. Desde un óleo de cuando pintaba, hasta una foto que tomó en Río de Janeiro y que fue parte de su primera exhibición y una serie enmarcada en metal que resaltó su archivo de errores en fotografía analógica. Hay piezas que ha sublimado en tela de malla, entre pruebas y obra terminada, y alguna de las que expuso recientemente en “El sueño de una noche azul”, su individual en Kusen Galería de Lima; así como polaroids pegadas a la pared, para recordar también los momentos pequeños y hallarse en ellos.






En su depa, también tiene piezas hechas por otros artistas. En la cocina, resaltan en una repisa, por sus formas y colores, las cerámicas de Andrea Revilla y Larisa Barreda, de Taller Candela. También un dibujo salido del sketchbook de Lucienne Abdala que Paz ha puesto en un marco que no le va perfectamente, pero que sirve para tenerlo colgado y poder mostrarlo. En la sala tiene una fotografía de Nolly Babes que consiguió a través del proyecto Penélope Archive, y también una obra de Adrián Ríos, fotógrafo y amigo de sus tiempos en Madrid.
“Tengo tantas otras cosas en mi estudio que podría traer, pero como estoy yendo y viniendo todo el día no sé si traerlas o dejarlas donde están. Siento que no he colgado tanto arte en mi depa, que podría colgar más… pero luego también pienso que me gusta tener el espacio así, un poquito más libre. Creo que mi casa está linda, aunque tal vez ya me toca ponerle un poquito más de amor, ¿no? Al final, tener una casa es un proceso también”.




Ha encontrado varias cosas en la calle, los días que la gente saca las cosas que ya no le sirven o que dejan por una mudanza. El otomano de su sala lo sacó de la basura, por ejemplo, y encajó perfectamente con el sillón. También ha aceptado regalos: como la mesa del comedor que un amigo le dejó el primer año que se mudó a ese depa. La verdad es que no le encanta, la quiere cambiar hace mucho, pero hasta ahora le ha servido. No todo es estética, hay que ser prácticos, sobre todo con su ritmo de vida. Tiene muchos muebles y objetos separados en Vinted y Wallapop, donde le encanta mirar cosas antiguas y de segunda. Poco a poco.
Alguna mañana de invierno, si se despierta muy temprano y está un poco triste o apagada, se convence de salir de casa e ir a ver el amanecer al espigón que le queda muy cerca. La playa está a pocos minutos andando. Es perfecto para hacer deporte, por ejemplo. O simplemente, para respirar. Una de las cosas que más le gusta hacer es mirar por la ventana pequeña de la ducha — su ventana favorita en casa — mientras toma un baño. Desde ahí, alcanza el mar. Paz es de esas personas que siempre busca el horizonte y que van a su encuentro. Saber cuándo marcharse no necesariamente es huir, es seguir el instinto vital de encontrarse.
