Palabras: Adriana Garavito / Fotos: Hilda Melissa Holguín
Mariajosé Suárez-Vértiz llevaba tres años viviendo en Madrid con su esposo Tufre. Durante ese tiempo, Majo —como la llaman todos— vivió en tres departamentos: el último quedaba en el barrio de Goya. Era un cuarto piso en la avenida Alcalá, con mucha luz porque tenía cinco ventanales, puertas que se abrían de par en par para pasar del comedor al salón, y molduras en los techos. Sus fines de semana en Madrid los pasaba en el Rastro, descubriendo tiendas vintage y de segunda mano, y haciendo fotos en El Retiro. Entonces, llegó diciembre del 2023.





Inesperadamente, su padre, el querido cantante y compositor Pedro Suárez-Vértiz, falleció y su despedida tuvo que ser a miles de kilómetros de distancia, algo que le removió el piso por completo. Es una de las tristezas más grandes que pueden pasar quienes deciden migrar. En ese momento, Majo decidió regresar a Lima movilizada por la pena. El vacío profundo de una ausencia tan importante la convocó nuevamente al lugar donde creció para reconectarse con su pasado.
Regresar al Perú no fue sencillo. Tras papeleos y trámites llegó a Lima sola (después de unos meses lo hizo su esposo) con maletas y un container repleto de muebles. Primera parada: la casa de su mamá. Ese fue el lugar seguro y necesario. “Es loco pensar que durante el momento más difícil de mi vida yo no tuve casa. No tenía una cama propia donde dormir”, recuerda Majo. Sin embargo, recibir esa contención familiar la animó a buscar su nuevo hogar con otra mirada.
Buscando con paciencia encontró un departamento antiguo en Miraflores, con terraza y linda iluminación natural. Lo primero que la sedujo fue el piso de parqué y luego el potencial de la terraza para transformarse en un jardín. “Mi mamá quería convencerme de que elija un depa más moderno, pero yo sabía que este era el mejor”, cuenta Majo.




Tenía razón, porque su depa abraza con una energía especial. Una que gira en torno a conceptos como familia, recuerdos y, por supuesto, música. Varios cuadros —algunos traídos de mercados europeos, otros de ferias en Lima— adornan la pared de la sala, así como una colección de guitarras. La más especial es la que le regaló su papá unos días antes de morir.
Por las tardes, la luz de las lámparas aporta más calidad y calidez al ambiente. Majo siempre tiene chocolates y caramelitos, además de y su barcito, un amplificador de sonido y parlantes que están listos para recibir a quienes llegan a visitar.
“Me encanta que mi casa sea un lugar de encuentro, donde vienen mis hermanos o amigos a almorzar. Me gusta que sepan que pueden estar aquí, prender la parrilla o solamente pasar el rato”, dice. Su espacio, repleto de color, brilla con las palabras que resumen a la perfección su manera de ser: “Lo que sucede es que a mí misma me encanta estar en mi casa”.
Mariajosé puede pasar no solo horas, sino días enteros dentro de casa. Aquí trabaja, se distrae, juega videojuegos, lee, replantea la decoración: “A veces mis amigas me tocan la puerta para saber si estoy bien porque realmente me desconecto del mundo aquí”.










En Madrid, Mariajosé Suárez-Vértiz trabajaba en el rubro de desarrollo de software y en el área de IT para una compañía internacional. Como pasatiempo, miraba y compraba antigüedades, cachivaches y muebles repletos de historia. “Caminaba muchísimo y me metía a todos los mercados de pulga que podía”, confiesa. Recolectaba piezas únicas que ahora, al mirarlas, relatan diversos recuerdos. De vuelta en Lima se volvió una costumbre ir todos los domingos al mercado de Tacora y regresar con un camión repleto de muebles. De nuevo, a manera de hobby, los restauraba y, cuando los ofrecía en Internet, se vendían a las pocas horas. “No pensé que sería el inicio de un nuevo negocio”, dice riéndose. Fue un paso natural abrir un showroom y está orgullosa de haberlo hecho. Ahora, además de su trabajo de oficina, es directora de Firgo, un lugar que, como ella misma explica, tiene “cosas chéveres para casas chéveres”.
En su depa de Miraflores, Majo ha plantado raíces; en su terraza, ha visto crecer buganvilias, murrayas, geranios y jazmines. También ha visto crecer una nueva versión de ella misma. Está siempre pendiente de qué foco debe reemplazar, qué plantita necesita más amor y qué mueble encaja mejor. Su esencia es hogareña y la aprovecha al máximo. Ve documentales, explora, quiere conocerlo todo, así como lo hacía su padre. “Él sabía de todo un poco. Me encanta estudiar, aprender, ver documentales sobre historia, guerras… el pasado me atrae y creo que es algo que heredé de mi papá aparte del gusto por la música”.





Tiene sentido que en su casa habiten piezas con una vida pasada, a los que ella ha dado un nuevo presente y que, por eso, siguen acumulando historia. Se puede trazar un paralelo con las personas que experimentan un suceso tan removedor que parece que hay una vida anterior y una vida posterior. Las personas también pueden rehacerse sin olvidar de dónde vinieron. En este departamento, ella siente el afecto de sus seres más queridos en todos lados. “Este es mi lugar seguro y me atrevo a decir que cuidar mi hogar es mi terapia”. A veces, nada sana como regresar a casa.

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