Palabras: Jimena Salas / Fotos: Camila Novoa
Aquí. Ahora.
Mariana Alegre fue mi primera jefa. Trabajamos juntas en el año 2005, cuando entre ambas no sumábamos medio siglo de vida. No obstante, en ese momento ella ya era coordinadora de un proyecto en una ONG; era una joven organizada, orientada a resultados, extraordinariamente eficiente. Mariana me enseñó a hacer checklists, a organizar equipos y a ser multitasking.
Hoy, dieciocho años después, me recibe en la puerta de su casa, adonde he llegado con siete minutos de retraso. No hay problema, me dice.





Mariana Alegre, abogada de profesión y urbanista por vocación, se sienta en el comedor de diario, desde donde observa a sus hijos, Lima y Amadeo, encargándose de preparar la pasta que vamos a comer, y se dedica a untar el pan al ajo y a doblar servilletas mientras conversamos, porque aún no se acostumbra a hacer una sola cosa a la vez. Dentro de seis horas, Mariana va a internarse en la clínica. Tienen que operarla por segunda vez para terminar con ese cáncer que hace poco más de un año le cambió la vida para siempre.
“Esta casa, originalmente, era nuestra oficina. Nos acabábamos de mudar de otro espacio muy similar en el que también compartíamos en un formato coworking urbano con otros amigos”, cuenta la directora ejecutiva de Lima Cómo Vamos, observatorio ciudadano que busca mejorar la calidad de vida urbana. “Pero al poco tiempo llegó la pandemia y todo se paró. Teníamos alarmas, fibra óptica, otros servicios que acabábamos de contratar para esta oficina y que no podíamos cancelar porque teníamos un contrato de dos años”. Una de sus hermanas le sugirió que pusieran en alquiler su casa y se mudaran a la nueva oficina, lo que a Mariana le pareció una verdadera locura; pero luego todo se alineó para que así sucediera.





Si bien la distribución de la nueva casa era muy similar a la anterior, era también mucho más amplia, algo que resultó retador, pero provechoso para que todas las actividades de los miembros de la familia transcurrieran con comodidad. Sin embargo, establecerse en medio del caos pandémico les tomó tiempo y una serie de estadías en Cusco y Pacasmayo, antes de instalarse completamente en la casa de Lima.
“Yo, que viajaba todos los meses por trabajo, descubrí que quedarme en casa era increíble. La pandemia me dejó esa reconciliación con lo cotidiano. Me encantaba tomar mi tecito, echarme en la hamaca… No era algo solamente placentero, sino también valioso en el contexto de tener a la familia más contenida”.
A inicios del 2022, Mariana recibió la noticia de su aceptación a una beca en Harvard. Eso significaría más movimiento: nuevamente mudanza de casa y de ciudad; muchos viajes, proyectos… Entonces ocurrió lo inesperado. Poco antes de viajar, le detectaron un cáncer en el seno, así que el plan de mudarse a Cambridge se vio abruptamente interrumpido y la casa volvió a cambiar su función en la vida de todos.


“Lloré profundamente tres días diciendo ‘no entiendo cómo’, pero luego nos pusimos a rearmar la casa. Dije: ‘voy a ordenarla, a ponerla bonita, a liberar espacios’. Se convirtió en nuestro centro de operaciones”, cuenta la urbanista. Luego de deshacer las maletas, la familia se puso a la tarea de ordenar la cocina, el cuarto, todo, porque ya quedaba claro que pasarían mucho tiempo ahí. En el jardín, Sergio Rebaza, su esposo, empezó a cavar un hoyo para hacer un huerto: lo hizo para que Mariana tuviera acceso a comida más sana. La tarea le tomó varios meses más de lo previsto, tal vez porque, a fin de cuentas, el acto de excavar se había convertido en una suerte de terapia: era un lugar en el cual enterrar sus propios miedos y preocupaciones. Hoy, el hoyo no está más, y alrededor crecen los maracuyás y flores y hierbas aromáticas.
“La casa se recompuso para atenderme a mí, para cuidarme”, recuerda Mariana. El cuarto se llenó de sus medicinas y cremas, acogió una nueva y amplia cama y se acomodó para “recibir”: y no solo a las visitas, que no faltaban, sino también los montones de regalos y electrodomésticos que le enviaban todas las personas que querían darle apoyo y enviarle sus deseos de pronta recuperación. “Fue muy poderosa esta sensación de que el amor cura [frase que exhibe una serigrafía obsequiada por una amiga, firmada por el artista Elliott Túpac]. Y también fue muy interesante el proceso de ‘adaptarnos a la adaptación’ de la casa”.




Mariana, la mujer superorganizada y resolutiva, planificadora e hiperactiva, tan acostumbrada a proyectar cosas a futuro, se había visto forzada a parar. En este momento de su vida, hacer planes dejó de ser una necesidad. “Yo tenía que vivir el presente; ni siquiera podía quedar contigo para almorzar mañana, tenía que avisarte media hora antes para saber si de verdad íbamos a vernos”, explica. Este aprendizaje fue duro, pero también le permitió detenerse en cada detalle, en volver a mirar alrededor con ojos nuevos, y descubrir lo cotidiano como algo extraordinario.
Dejarse cuidar fue también una lección fundamental. Parte de esto implicaba que la casa estuviese más en función de sus necesidades: desde la ubicación del filtro de agua, hasta la disposición de la cama y de la mecedora que la recibía por horas; o la colocación de almohadas tipo de bebé para sostener su cuerpo; todo estaba configurado de manera que fuera fácil para ella ser cuidada.
Casi un año después, con su recuperación, los espacios también han ido mutando: ya no hay medicinas por todos lados y la cama ha dejado de ser su centro. Ahora disfruta mucho más del cuarto familiar donde comparte juegos con los niños o se recuesta en el sofá largo, grande y mullido para ver películas y series. Ha aprendido a tomarse pausas para disfrutar de ver programas con los chicos, conversando, matándose de risa o llorando con animes trágicos. Pasa tiempo en el jardín sola con su clan, o recibiendo a sus amigos queridos para compartir una parrillada de fin de semana.


Se toma un poco más de tiempo para entrar en contacto consigo misma, para prestar un poco más de atención a su cuerpo y a lo que siente. Su rutina matutina es más larga ahora que debe aplicarse una serie de cremas y acomodarse la manga de compresión que le permite proteger uno de sus brazos; pero eso está bien. Se sienta en calma en la mesa de la cocina a tomar un té y a organizar el día sin prisa. “Todo eso es necesario para mi salud y mi futuro. Digamos, para seguir viva. Pero también me sirve como un recordatorio para no volver a desenfocarme”, reflexiona. Este cambio forma parte de un proceso en el que su hábitat ha cobrado la importancia de ser un espacio que acoge, acompaña y sana.
