Palabras: Rebeca Vaisman / Fotos: Paula Virreira
Raquel Rottmann nació en París, vivió su infancia en Lima y luego su adolescencia en Miami. Regresó a Perú con 23 años, ya como sicóloga y bióloga, y dispuesta a reencontrarse con una ciudad que le era prácticamente desconocida. “Soy quien que soy porque me he mudado muchas veces”, dice. “Y no solo eso, sino que me he movido siempre en momentos muy críticos. Momentos en los que tenía que volver a adaptarme completamente”. A eso se debe que sea trasparente y extrovertida: sabe lo que es conocer gente, códigos, un entorno, todo de cero. Su regreso a Lima coincidió con un proceso interno complejo: estaba tratando de identificar qué quería hacer con su vida.
Allyson Chrem puede identificarse. Ella pasó un año en Buenos Aires, donde estudió peluquería y aprendió a tatuar. Vivir sola, en un lugar ajeno y sin conocer a nadie no fue fácil, y experimentó momentos de mucha ansiedad. Pero también conoció una libertad nueva: la de ir a tu onda, sin que alguien se meta contigo. Le gustó tanto eso, que regresar a la idiosincracia limeña fue duro. En Lima, no usa bividí porque lleva el pecho y los dos brazos tatuados, y siente que es un look muy impactante para la gente aquí. Se cubre por un tema de respeto a los demás y también por resguardarse de las miradas, que la incomodan. Allyson sabe que da una impresión distinta porque está tatuada y viste siempre de negro. Por dentro, asegura, es una “softie” y le encantan las flores.

Llevan viviendo juntas siete meses, casi el mismo tiempo que tiene su relación. Raquel es conocida por “Corazón con leche”, su página de sexualidad que ha derivado en un libro, en una TedTalk y le ha permitido explorar otros temas, como el feminismo y la diversidad. Puede decirse que ella ha crecido con su proyecto. Lo que necesitaba era un espacio propio, un lugar físico en el que pudiera expresarse tanto como lo hace a través de su página.
Raquel se mudó al depa que Allyson ya ocupaba, un departamento que pertenece a su familia y en el que vivió de niña. Lo hace más especial el hecho de que su mamá, a su edad, hacía lo mismo ahí que hace ella ahora: cortar el pelo. Sus dos hermanas también vivieron aquí de adultas. De hecho, cuando Allyson regresó a este depa, 15 años después, lo hizo para convertirse en la roommate de su hermana Aissa.
“Ella ya tenía todo el lugar hecho, yo no tenía nada que aportar. Llegué de Buenos Aires con una maleta de ropa y mi perro Fido, que había adoptado allá. Así que todo el tiempo sentí que estaba en el espacio de mi hermana, eran sus cosas y yo tenía que ser cuidadosa con ellas, con su orden. No tenía trabajo y sentía que no podía echar raíces. Cuando Aissa se mudó, sentí la necesidad de tomar por completo el lugar lo más pronto posible, y ponerlo a mi manera”.


También Raquel ha dependido de otra gente en Lima. Que la lleven, que la presenten, que le expliquen. Vivía en casa de sus papás, se mudó cuando ellos se mudaron. Pero siempre hubo una preocupación por construir un espacio íntimo, con elementos que tuvieran que ver con ella, así sea solo su dormitorio. Así, los dormitorios de Raquel siempre se descubrían como espacios genuinos y diferentes para quien los visitaba por primera vez. Tenían otra luz. Su cuarto terminaba siendo su mundo.
Cuando se mudó con Allyson, fue su primera oportunidad de decorar una casa entera y darle un sentido a cómo quería vivirla. Retapizó el sofá de la sala, llenó la casa de plantas. Ahora se siente absolutamente independiente.
“Conocí este depa en nuestra primera cita. Apenas entré, me encantó. Allyson me gustaba desde que la conocí y nos llevábamos muy bien, pero siento que su depa habló demasiado de ella: todo estaba limpiecito, ordenadito… Me encantó la forma en que estaba decorado, lleno de detalles. Mi papá es interiorista, así que sí me fijo mucho en el estilo personal de las personas. ¡Y en esa primera cita pasó una cosa muy graciosa! Entré al baño y Allyson había puesto un dildo para sostener el papel higiénico. Lo sentí tan ‘corazón con leche’…”.
El edificio tiene unos cuarenta años y queda en una calle con árboles. En la primera planta han abierto un cafecito encantador y a veces ellas se sienten fuera de Lima. El depa tiene una atmósfera tranquila, hogareña, por las noches la luz es tenue, era lo que querían. Libros en cada repisa, fotos en las paredes y pósters, como el de la puesta en escena de Yoko Ono en el Malba que Allyson se trajo de Buenos Aires. Ella trabaja mucho a domicilio, pero también corta el pelo o tatúa en su propia casa, y percibe que sus clientes se sienten más en confianza cuando ven su espacio. El lugar de donde ella viene.





Raquel llegó aquí en un momento en el que necesitaba concentrarse en la evolución de sus proyectos: está por abrir un sex shop propio. Tenía que ordenarse, separar sus espacios de descanso y de trabajo. Este depa y el horario fijo de Allyson, es decir, la posibilidad de estar sola y ordenarse, la ayudan a “no pasar el día chorreando” y luego quedarse hasta la madrugada frente a la computadora. Aquí, se sienta en la mesa del comedor, solo Fido la acompaña, avanza durante el día y para cuando Allyson llega, pueden estar juntas viendo una película o conversando.
No comparten ni el clóset ni el baño, de hecho cada una tiene su cuarto. Rara vez duermen separadas, pero mantienen sus espacios personales. El dormitorio de Raquel es claro y tiene puntos divertidos de color, como el espejo amarillo. Tiene fotos de su familia en blanco y negro, adornos y plantas, siempre plantas. Su baño tenía que ser rosado, de todas maneras.
Antes de la pandemia, Allyson había decidido que era tiempo de volver a salir del Perú; Raquel, por su lado, quiere hacer una maestría desde hace tiempo. Así que han decidido moverse juntas. No será la primera vez que armen un hogar, aunque ya no será de cero.