Un mundo íntimo

Palabras: Jimena Salas / Fotos: Paula Virreira

Acaban de cumplirse tres años desde que la diseñadora de modas Francesca Ísola y su esposo, el consultor de negocios Jorge Grieve, se mudaron a este depa; llegaron poco antes de casarse. Desde entonces, la vida ha dado un par de vuelcos significativos: primero, con el nacimiento de su hijo, y segundo, con el estado de emergencia. Lo curioso es que ambos acontecimientos se dieron casi en simultáneo: el parto de Francesca fue un jueves; la cuarentena empezó un lunes. Y aunque todo ha cambiado muchísimo desde entonces, lo único que se mantiene imperturbable es su serenidad y la satisfacción por poder compartir este espacio juntos.

Se consideran hogareños. No sienten mayor inquietud por volver a salir a grandes reuniones o fiestas; el tiempo transcurre apacible y a gusto en casa. Aprovechan mucho todos sus ambientes, les cuesta elegir uno solo como el favorito: la sala de estar, la cocina, los dormitorios, la sala principal… cada uno tiene su encanto. Cada uno tiene su momento.

En el estar, toman descansos, ven televisión, y a veces todavía juegan a cambiar el orden de los adornos, marcos de fotos y libros. En esta esquina luminosa, los esposos eligieron inicialmente una paleta neutra, con el sofá gris, la alfombra de tonos tierra, la banqueta de capitoné blanco y el mueble empotrado también en blanco. “Como es un lugar donde pasamos tanto rato, nos gusta que haya paz; y el color, de una u otra manera, te mueve emocionalmente”, cuenta la diseñadora. El librero y mueble de TV fue pensado para enmarcar algunos elementos que Francesca y Jorge han incorporado a su historia. Por eso, cada cierto tiempo, todavía los reorganizan, puede que como parte de un ejercicio estético; quizás porque disfrutan del cambio; o tal vez simplemente para evitar que el pequeño Adrián haga alguna travesura.

Hasta ahora, la decoración de su departamento se ha dado de forma orgánica y consensuada. “No es que hayamos dibujado un esquema o un plano, sino que vamos recolectando objetos y viendo cómo quedan. Por eso fue que, aunque pensamos inicialmente en colores neutros para el estar, encontramos esas sillas rosadas y las colocamos ahí. Nos encantó cómo quedaron y así fuimos cambiando de ideas”, explica ella. A Francesca le fascina el color, pero sabe dosificarlo para generar las sensaciones que busca en cada ambiente.

En la sala principal quisieron imprimir una personalidad discreta, pero bien definida. Ahí, el punto de partida fue el amplio sofá azul diseñado en conjunto, uno de sus elementos preferidos de todo el departamento. Lo concibieron y mandaron a hacer bajo la asesoría de su suegra, quien es decoradora de interiores. La experiencia fue tan placentera que, a partir de este momento, Francesca decidió emprender en el camino del diseño de muebles. Ella, que ya ha fundado su marca de ropa propia, Franca The Label, encontró que este aprendizaje, además de proporcionarle placer, le permite ver su propia carrera de una manera más holística. 

Pero, de vuelta al sofá azul, fue este el que marcó la pauta de la distribución de la sala. Se buscó combinarlo con la banqueta de tonos caramelo; luego, con las butacas hueso, muy naturales; y, finalmente, con las tonalidades de la madera de los muebles auxiliares e, incluso, del piano. Todo es visto como un panorama armonioso, en el que el arte discurre por su propio camino.

Las pinturas juegan un rol preponderante en este espacio. Al colocar los cuadros, han elegido con paciencia y amor las paredes ideales, así como la iluminación perfecta para cada uno. Hoy, contemplan con especial cariño y nostalgia un par de pinturas obsequiadas por el tío de Jorge, el artista plástico Alberto Grieve, fallecido muy recientemente. Su casa los conecta con sus raíces y con quienes aman y piensan cada día.

El piano también forma parte de la historia familiar. Jorge lo sabe tocar, al igual que su padre y su abuelo. La pareja encontró este hermoso instrumento de los años veinte en un anticuario; la pieza nunca fue pensada como un mero elemento decorativo. No son pocas las veces en que Jorge se sienta y da pequeños conciertos ante su audiencia soñada: Francesca y Adrián, quien desde que llegó al mundo está rodeado de música. Eso sí: la sala principal puede dejar de lado las decisiones estéticas para convertirse también en una pista de carreras, que Adrián atraviesa trepado en una cajita de plástico con ruedas, impulsado por mamá, alentado por papá, llenando el lugar de risas.

La cocina es otro de sus spots favoritos. La mesa del desayuno recibe una luz generosa por las mañanas, mientras la familia en pleno comparte los panqueques. No hace falta más. Todo el departamento es la conjunción y comunión de objetos utilitarios y elementos de diseño que Francesca y Jorge han ido incorporando en sus vidas. Aquí conviven adornos y marcos de fotos de sus antiguos departamentos de solteros, algunas cosas traídas de las casas de sus padres, recuerdos de familia. El arte sí es algo que han buscado dentro de su vida como pareja.

“El espacio es algo ecléctico, creo yo, porque tiene algunos elementos clásicos, algunos más minimalistas, otros modernos… pero la clave para nosotros es que cada uno sea especial, ya sea por su diseño, forma, color o historia”, explica Francesca. “Luego, los componemos de manera armónica, sin recargar. Queremos que los espacios estén balanceados, limpios, ordenados, pero con objetos distintos e interesantes”.

El departamento fue armado relativamente rápido, pero siempre se dan tiempo para revisarlo y darle uno que otro toque adicional. Todo siempre con calma, con el pleno disfrute de estar en casa. Ahora que Adrián existe, entienden la conexión de sus ambientes de otra manera. Lo ven gatear por toda la casa, siendo libre y feliz a pesar de que afuera el mundo es otro. Es un alboroto maravilloso, que Francesca y Jorge saben manejar para mantener su hogar siempre con flores, ordenado, alegre y bonito. Como padres, no se ven atacados por la neurosis de mantener todo idéntico a como era antes de la llegada de su hijo; por el contrario, disfrutan cada instante de este cambio, y se reorganizan en torno a ello sin sufrir en el proceso.

Parece que, en medio del incesante cambio y del ruido de afuera, Francesca, Jorge y Adrián han construido su propio equilibrio, y habitan una pequeña isla serena que se nutre de amor y buena energía, a la espera de tiempos mejores.

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