Un primer refugio

Fotos: Hilda Melissa Holguín

La cuarentena podría parecer el peor momento para mudarse. Para Lucía Coz, fue el tiempo indicado. Todo se lo decía. La artista ya tenía ganas de armar un espacio propio desde hacía mucho; además, la casa de su mamá –su hogar de toda la vida– iba a ser remodelada por completo para responder a nuevas necesidades. El mundo a su alrededor cambiaba. Lucía tenía que cambiar con él.

Encontró un departamento de casualidad, a pocas cuadras y en la misma calle de la casa de su mamá. Un sitio con bonita luz natural. Lucía iba a necesitar mucho espacio para poder seguir pintando y dibujando, y tenía ilusión por decorar todo a su estilo, pero no podía pagar el depa sola. Tenía que llegar a un arreglo particular con un compañero de piso y, felizmente, se puso de acuerdo con su amigo Pedro: él aceptó ocupar un dormitorio y tiene ahí la mayoría de sus cosas; el resto del depa es el universo de Lucía.

Si tuviera que elegir, diría que esta es su calle favorita de todo Lima. El mar está a una caminata de 15 minutos que ella hace todas las mañanas, ida y vuelta, con su tabla de surf. Desde que se mudó aquí, empieza sus días corriendo olas. Poco a poco fue trayendo muebles: unos archivadores y repisas de madera que restauró; cajones que mandó a hacer para su gato Laurel; el sofá pequeño que tapizó en un verde pastel muy lindo. En lugar de comedor montó su taller: puso la mesa de dibujo cerca a la ventana y dejó una pared libre para poder trabajar pintura en mayor formato. Todo se fue armando.

“Aún así, me costó sentirme en casa. Al comienzo no sentía que era mi espacio, ¡no sabía que hacer! Esta mudanza vino con muchos cambios en mi vida. Yo nunca había vivido en otro lugar, máximo había pasado unos meses en el norte, pero no me había ido realmente. De pronto tenía que acostumbrarme a un nuevo espacio, pero también a saber que mi casa la estaban transformando, que ya no estaría mi cuarto ahí, que ya no podría decir ‘cualquier cosa me regreso’. Solo queda un cajón con mis cosas allá. Y eso me generaba ansiedad”.

Con el pasar de las semanas, descubrió varias cosas. Que ama a sus plantas y que es buena cuidándolas, por ejemplo. Ha puesto un sticker en cada maceta para saber cuándo regarlas, y las tiene lindas y vivas. Lucía es coleccionista de objetos curiosos que han ido encontrando su lugar, como pequeños altares hechos de regalos y recuerdos. Están sus colecciones de conchitas y de cristales; cerámica que le han regalado; unos muñequitos de felinos que compró en el aeropuerto de Berlín. También la piedra redonda que guarda junto a sus sellos. Estos objetos son sus pequeños tesoros, son amuletos que la acompañan. Descubrió que con ellos ha construido un refugio.

Hay algunas obras suyas de las que ya no quiere separarse porque les tiene cariño: como los dibujos de la casa en Lobitos donde vivió varios meses o la casa en la selva a la que fue para pintar. Tenerlos es una forma de recordar esos momentos y esos lugares. O el grabado de una tesis suya, la única copia que le queda de un registro del fondo del mar. También tiene obras de otros artistas, como la ilustración de Fortuna Studio y el grabado de Amadeo Gonzalez que están en su sala. Y el bordado que una chica que conoció a través de su página de Instagram hizo a partir de un dibujo de Lucía. Tiene muchas otras piezas de amigos que quiere mandar a enmarcar.

“Me parece chévere poder generar un espacio donde te sientas segura, con estos objetos que tienen energía viva porque yo les doy un valor. A veces pienso en irme de la ciudad, pero inmediatamente me acuerdo de mis plantas… ¿Qué haría con ellas? ¿Y mis mesas de trabajo? ¿O los dibujos de mis amigos? Sé que tengo que aprender a dejar ir, que tengo que saber moverme, y esa es una meta”.

El contrato que firmó por el departamento es de un año y está por cumplirse. Le tomó tanto tiempo sentirse cómoda aquí… así que no saber lo que puede pasar le apena. “Pero creo que también hay que acostumbrarse a que en un momento de la vida te toca moverte de lugar constantemente y tengo que lograr que eso no me genere un vacío”, reflexiona Lucía. “Este depa es un gran primer lugar para ser independiente”.

Desde que comenzó la pandemia le ha resultado muy difícil trabajar, sobre todo en sus proyectos personales. Se concentra más en esos encargos con los que vive, se mantiene disciplinada y cumple, pero en lo que respecta a su arte más personal, recién está volviendo a conectarse.

“Trato de responderme tantas cosas. En especial sobre salud mental: estos meses he sido muy introspectiva, tratando de entenderme realmente. La pandemia me ha chocado. Siento que mis dibujos son respuestas para mí misma, pero entiendo que muchos pueden sentirse identificados. A mí me sigue sorprendiendo esa recepción que tengo… ¡No entiendo muy bien ni cómo pasó! Empecé a usar redes sociales para difundir mi chamba, pero todo ha sido muy orgánico y cada vez que recibo un encargo grande digo ¡wow! y resulta siendo una cadena de cosas… Ahora tengo que encontrar un equilibrio para mis propios proyectos. Es difícil ser dibujante independiente en una ciudad como Lima: tienes que trabajar mucho para otros, para así costearte la vida. Mi meta es poder vivir más de las cosas que hago para mí. Quiero hacer un libro y estoy trabajando en una tienda web. Quiero vivir de lo que yo hago”.

Casi siempre trabaja en su escritorio porque es más cómodo y tiene todo lo que necesita a la mano, pero a veces su cuerpo y su mente le piden moverse. Antes de la pandemia, parte de su rutina era instalarse en un café y quedarse ahí todo el día. Aquí en su depa a veces se distrae: está su gato, está su cama. Para variar un poco, cuando tiene que contestar mails se acomoda en la sala y si se abruma mucho, se va a cocinar. Últimamente sube al techo, donde hay un toldo y un par de sillas, y se quedo dibujando. Le gustaría poder tener siempre su taller en casa, pero sí que quisiera que sea más independiente, para poder dividir mejor los momentos en su día. Y claro, su sueño es tener un taller muy grande. Quizás en su próxima casa.

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