Espacios que curan

Texto: Jimena Salas // Fotos: Paula Virreira

Lara Vicich es una experta en el arte de reinventarse. Estudió Odontología; trabajó en un programa de televisión orientado a temas salud y estilo de vida; ha sido profesora de yoga; y hoy está dedicada al diseño y arquitectura de interiores. Ha vivido en varios lugares y sabe que siempre se puede volver a empezar. “Es que soy medio hippie”, dice con encantador desenfado.

Eligió su primera carrera por herencia familiar -su padre y hermano también son odontólogos-, pero también porque siempre se ha sentido conectada con los procesos de sanación. Tiempo después, impulsada por su propia experiencia con el mundo del yoga, abrió un primer estudio, Yogasana, y luego United Yoga. Quería compartir con otros ese aprendizaje que tanto bien le hacía. Queda claro que Lara posee una energía vital que la hace imparable. Hace apenas algunas semanas, se unió la empresa de diseño de su buen amigo Juan Francisco Melgar. Desde ahí, se dedica a conceptualizar y crear elementos y ambientes que aporten bienestar a las personas.

El yoga, la sanación y el diseño forman parte de su día a día, están en su esencia. Por eso, también se perciben en los rincones de su depa barranquino, donde vive con su esposo y uno de sus dos hijos. Su hogar es, para ella, un remanso de paz en medio de la locura de estos días. “A veces, recién cuando subo al auto para hacer las compras, el fin de semana, me doy cuenta de que estoy en plena ciudad, con toda la bulla y la gente”, dice. Solo entonces percibe la frenética banda sonora de las calles limeñas, y agradece la oportunidad de tener una pequeña burbuja en la que convive armoniosamente con su familia y vecinos.

Cuando se mudó al departamento, lo primero que pensó al ver el amplio patio interior fue “quiero jungla”. Así que habló con una amiga que le ayudó a concebir el paisajismo y, juntas, lograron la hazaña de meter un pequeño árbol hasta ahí, pasando por un estrecho pasillo. Ahora toda la jardinera está cubierta de verde, con plantas de hojas inmensas, y el arbolito de la esquina es el rascador perfecto para los gatos, que trepan y corren felices, a sus anchas.

Hoy, que el sol quema con intensidad, el toldo de esta terraza está desplegado. Uno de los gatitos duerme plácidamente en el sofá, y Lara lo mira con ternura mientras conversa. La escena le parece dulce porque este es uno de sus espacios preferidos, también, ya que es donde más tiempo ha compartido con sus amigos y seres queridos. Las parrilladas, los vinos durante las noches frescas, las largas conversaciones y, por supuesto, la buena comida nunca han faltado en su casa: es una anfitriona natural.

Cuenta que lo primero que busca proyectar cuando alguien entra en su hábitat es armonía. Quiere que la gente se sienta acogida, bienvenida. Y lo vive en cada detalle: “cuando pongo la mesa, cuando acomodo las flores o cuelgo mis lucecitas en el jardín… siempre quiero que se sientan felices. Y de ahí, que coman rico”, agrega.

Mientras despedía el 2019, su resolución de año nuevo fue: “Quiero pasar más tiempo en mi casa porque no la he gozado mucho”. Todo el día iba de un estudio de yoga al otro, sin parar. “Pero hay que tener cuidado con la forma en que uno pide las cosas…”, advierte con humor. Ahora, no obstante, estando sana y conectada con su mundo interior y nuevos proyectos, se sabe una persona afortunada.

“He disfrutado de pasar tanto tiempo en el depa, pero me he vuelto medio Marie Kondo”, confiesa. Empezó la cuarentena y se quedó sin ayuda en las labores domésticas, por lo que la convivencia 24/7 requirió de un proceso de reeducación de todos en casa. Empezaron a compartir nuevamente los placeres más simples, como sentarse todos a la mesa para comer; pero también las tareas cotidianas como cocinar, lavar los platos, limpiar juntos, hacer las camas cada uno. En sus términos, este proceso “fue increíble y fluyó perfecto”.

Luego, el aprendizaje de la empatía, el entendimiento y la consciencia sobre los demás traspasó sus propias paredes. Con la nueva normalidad, Lara y su familia se han acostumbrado a escuchar las risas y juegos de los niños en el patio interior del edificio. Algunas normas de los vecinos se han relajado para convivir mejor en el escenario actual, y ha surgido un compañerismo muy especial. Como presidenta del edificio, ella misma se encargó de alimentar este sentido de comunidad, y hoy siente que se ha generado una relación muy bonita entre todos.

Al revisar su biografía, queda claro que todo lo que ha pasado la ha conducido al lugar en el que tiene que estar. Hizo estudios de arquitectura de interiores cuando era muy joven, pero nunca pudo llevar a la práctica lo aprendido porque, un año después, armaba maletas para irse a Estados Unidos. Se quedó allá once años; regresó a Perú ya convertida en mamá, y optó por vivir su maternidad al máximo durante algún tiempo. Luego, vendrían el programa de televisión y los estudios de yoga. Y fue ahí, al crear sus propios espacios en este depa, que retomó poco a poco lo que había quedado suspendido. “Me preocupaba de cada cuadrito, hasta del detalle de la flor en el baño. Todo. La gente entraba y me decía ‘¡Cuánta paz siento!’”. Se dio cuenta de que eso era lo que quería generar siempre, y es lo que intenta compartir hoy en su nuevo trabajo.

“El bienestar es algo que tienes que experimentar, sí; pero también es un estado en el que se debe residir”, afirma. Lara cree que no basta con encontrar algo que nos haga sentir bien por un momento, si es que poco después acabaremos cayendo en un hoyo interior. Y para permanecer en ese estado armonioso y sereno, nada ayuda más que un espacio que nutra nuestra calma.

Cada día, se alegra por tener tantas áreas en su depa para compartir el verde, ya sea con palmeras, pequeños árboles, vegetación exótica, y hasta enredaderas en el ducto de ventilación. Agradece porque la distribución en “ele” le permite ganar ventanas en todas las habitaciones, luminosidad y aire por todos lados sin sacrificar privacidad. Sonríe pensando en ese cuarto que en algún momento iba a convertirse en su escritorio, pero hoy ha pasado a ser el estudio donde su esposo hace música, y piensa cómo el hogar mismo va mutando a medida que las necesidades de la familia cambian. En su dormitorio, siente que todavía le falta añadir muchos detalles, sobre todo fotos. Pero para eso hay tiempo. Lo importante es sentirse bien aquí y ahora.

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