Piezas que encajan

Fotos: Nicole Bergman

A Macarena Vidal le costó irse de Perú. Su novio, Eduardo Grau, había aceptado un puesto en Ginebra, Suiza, y ella debía darle el alcance, pero su despedida fue un proceso largo: en ese momento tenía la chamba perfecta en Lima y se sentía muy a gusto viviendo con su mamá, no quería dejarla ni a ella ni a su hermana; sentía miedo al desapego. Claro que era difícil llevar una relación a la distancia, y aunque lo manejaban bien, no iba a funcionar así para siempre. Finalmente, dos años después, Macarena se puso una fecha de partida, organizó sus cosas, se despidió de todos y se fue. Ginebra no es una ciudad muy amigable, es bastante cerrada para los extraños. Cinco meses después de haber llegado, cuando recién estaba empezando a acostumbrarse, a Eduardo le avisaron en el trabajo que lo mandaban de regreso a Lima.

El regreso no fue menos complicado. Años antes, Eduardo había comprado un departamento que nunca llegó a ocupar, ni siquiera lo pudo poner en alquiler antes de irse. El edificio Grau en la calle Grau parecía cosa del destino para un orgulloso tataranieto del almirante. Macarena volvió a Perú diez días antes que él para preparar el depa: la puerta ni siquiera se abría porque el piso se había levantado. La humedad había malogrado mucho, las cañerías estaban mal, nadie había puesto un pie en el lugar y era un caos. Macarena hacía arreglar todo mientras dormía en el depa sin luz y sin muebles, como en un camping, acompañada por amigas.

Una de las cosas que más ilusión le hacía de mudarse con Eduardo era poder decorar, por primera vez, un hogar propio. Cuando llegó a Ginebra ya todo el depa estaba listo y al estilo Ikea: Macarena solo se compró un clóset y ubicó sus pertenencias en ese nuevo mundo. Por eso fue tan especial para ella poder diseñar por completo el departamento en Lima. Contactó a su amiga la arquitecta Pascale De Col, y le pidió que la ayudara a hacer realidad su moodboard. Tenía mil ideas: estaba obsesionada con el art déco. Pero lo primero que compraron fue una pintura de Mari Pflucker que corona la sala. A partir de ahí fueron apareciendo los muebles y objetos. Para Macarena, todo se fue armando como un rompecabezas.  

“Me he mudado muchas veces en mi vida y nunca me había dado cuenta de la importancia de la luz natural hasta que llegué a la casa en la que viví con mi mamá antes de irme a Ginebra: una casa en Barranco, en el malecón, que tenía toda esta luz cayendo por la ventana. Así que cuando llego a este depa me preocupó la poca luz que tenía. Además, empezó la cuarentena y entendí que la oscuridad cambia mi estado de ánimo. Pero lo estoy resolviendo. Acabo de poner dimmers, que han ayudado un montón, y la terraza es mi escape de luz”.  

Macarena es Brand Manager de Síclo, una plataforma de indoor cycling y fitness, y su trabajo está muy conectado con bienestar y energía. Leyó un estudio sobre la luz natural relacionada a la productividad y se sintió identificada: en lugares iluminados se concentra más y, en general, trabaja más contenta. Desde que han terminado de decorar la terraza y de instalar el techo corredizo, esta se ha convertido en su oficina y en su lugar favorito de la casa. Aquí toma su cafecito por las tardes, o se sienta a hablar por teléfono con una amiga. Y con el pasar de las semanas, ha aprendido a convivir con los momentos de penumbra. Los colores que han elegido para el depa tienen un punto masculino, diferente, y hasta le parece que esa cierta oscuridad le da personalidad al lugar.

Aunque sus papás se separaron muy pronto, la familia de Macarena logró lo que muchas otras no consiguen: seguir unidos y presentes, ser buenos (mejores) amigos. Ella, su hermana mayor, María José, y su madre Connie formaron un círculo de mujeres que definitivamente ha marcado la experiencia de vida de Macarena. “Somos inseparables, somos las Chicas Superpoderosas”, se ríe. “Todo el tiempo que vivimos juntas tuvimos una dinámica muy cool: cada una tenía su chamba y sus horarios, quizá no nos sentábamos a la mesa a almorzar o cenar, pero acabábamos paradas en la cocina comiendo mixtos y contándonos nuestro día. Nos prestábamos y nos peleábamos por la ropa; todos los domingos veíamos películas, metidas en la cama de mi mamá, comiendo canchita”. Hoy se da cuenta que romper esa intimidad y separarse de su mamá tuvo mucho que ver con el tiempo que le tomó viajar a Ginebra. Macarena no tiene recuerdos de vivir en la misma casa con su papi, pero sí de los miles de fines de semana que se quedó a dormir con él. Eran patazas. Eran tan amigos, que incluso cuando él enfermó, seguía insistiéndole en que tenía que irse, que iba a ser bueno para ella. Macarena no le hizo caso; seguía en Lima cuando su papi murió. En realidad, fue mucho mejor poder pasar ese momento en familia.

Tiene objetos especiales en casa. El baúl que fue de la abuela de Eduardo, el espejo que era del esposo de su mami, a quien Macarena quiso mucho y que murió recientemente. La mayoría de los muebles son mandados a hacer a medida y algunas cosas, como la alfombra, fueron compradas por internet. En el cuarto de la tele y del playstation gastaron lo menos posible: en lugar de mueble pusieron unos ladrillos de concreto con tablas de madera. Eduardo dejó que Macarena definiera toda la decoración, pero sí pidió diseñar él mismo el bar. Nunca ha sido de recibir a mucha gente en casa, sino más bien de salir. Pero con el bar listo se volvió un anfitrión afanoso, hasta antes que empiece la cuarentena.

A Macarena siempre le ha sorprendido ir a casas de amigas o de su suegra y que todos se sienten en la mesa, que se haga la comida completa y hasta sobremesa. Desde que vive con Eduardo se ha ido acostumbrando a comer juntos, a usar el comedor, a tomarse la copita de vino en la sala, y aunque todavía alucina con esas dinámicas tan fijas, también las valora.

Acaban de cumplir un año en el departamento y Macarena sigue cambiando de lugar las cosas todos los días. Confiesa que cuelga un cuadro y al día siguiente se arrepiente de dónde lo colgó, y por eso sus paredes están llenas de huecos macillados y pintados. De alguna manera, aún se siente como jugando a la casita. Le emocionan las cosas cotidianas, como cocinar o comprar un helecho y elegir el mejor lugar para ponerlo. Ella y Eduardo se acaban de comprometer y esta es una de las etapas más lindas juntos.

Cuando vivieron en Suiza les tocó cuidar a un corgi, pero era sencillamente imposible tener una mascota ahí. Macarena ya tenía la idea de traer un perro pronto cuando llegó la cuarentena, y entonces esa idea se volvió una necesidad. Todavía se acuerda de la caja de galletas en la que llegó Ginebra, la boston terrier a la que bautizaron en honor a esos breves pero intensos cinco meses. Es la cachorrita más buena, no ha mordido ni roto nada: Macarena se ríe diciendo que de verdad parece suiza, le dicen Lady Ginebra. Es alucinante cómo ha llenado la casa.

Se ha dedicado al Marketing pero Macarena estudió Dirección y diseño publicitario y se diplomó en Dirección de arte.  Su interés artístico es heredado: no solo de su mamá, quien canta y pinta, sino de su abuela, Elsa Fletcher, quien fue una de las modistas de vestidos de novia y de gala más reconocidas de Lima; Macarena todavía se acuerda del atelier que tenía en su sótano. Quizá por eso fue tan importante involucrarse en cada decisión sobre la decoración del departamento, queriendo aprender del proceso de diseño, queriendo aprender de los proveedores. Con la cuarentena ha tenido tiempo para replantearse varias cosas, y algo que ha decidido es seguir un curso de decoración, así le sirva solo como hobby. Le ha encantado entender la flexibilidad y la sensibilidad que te pide una casa, entender sus luces, sus colores propios, incluso sus sombras: y entender que un hogar se va armando en el camino, siempre.

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