Una promesa a futuro

Fotos por Janice Bryson

Janice Bryson y Lucía Bayly están juntas hace casi 5 años. De adolescentes sabían la una de la otra, pero no eran amigas. Lucía no vivía en Lima, sino que estaba estudiando en Nueva York, cuando se conocieron realmente: fue cuando Janice pasó unos meses en NY asistiendo a un taller de fotografía; un par de años después comenzaron a salir. La relación transcurrió a la distancia, aunque ambas viajaban para visitarse. Cuando Lucía terminó de estudiar se trasladó a Ciudad de México para seguir un entrenamiento laboral de seis meses: Janice le dio el alcance los últimos dos, y ese fue el primer periodo largo que pasaron juntas y, por supuesto, la primera vez que convivieron.

En México, Lucía se mudó mucho y todos los depas en los que estuvo tenían algo especial. El último —en el que Janice vivió— estaba en la colonia Condesa, a unas cuadras de la avenida del Hipódromo, y ambas dicen que era precioso: la ventana de su cuarto daba a unos árboles y la vista era frondosa; compartían el lugar con otra pareja —una arquitecta y un Dj— que tenían con una decoración colorida y eléctrica, con arte contemporáneo, antigüedades, vinilos y un piano. Tanto que podía sentirse que estaban de vacaciones, viviendo una experiencia fantástica más que una rutina normal. Recuerdan esa época como una experiencia inusual y fantástica, como vacaciones extendidas. Estaban descubriendo otra ciudad, todo era novedoso, todo era paja. Por eso, la verdadera prueba de convivencia sería en Lima.  

Fue en Lima, mientras armaban un lugar en conjunto, que conocieron lo diferentes que eran, pero también lo bien que eso les funcionaba. Lucía tiene una mente utilitaria que siempre está pensando en el futuro; está constantemente evaluando si vale la pena invertir en algo dependiendo del tiempo que lo usará. Janice es distinta, y aunque también piensa en el futuro para ella el ahora es muy importante. Entonces, juntas tienen un balance. Es una conclusión a la que llegaron pronto, después de algun impase. La primera discusión que tuvieron, cuando ya vivían juntas en Lima, fue por una caja de libros de Lucía: cuando Janice —que estaba en pleno proceso de desempacar— le preguntó por ella, le respondió: “Déjala así. ¿Para qué voy a sacar las cosas si en un par de años vas a guardarlos de nuevo?”. Janice se rayó. Al final Lucía sacó los libros… solo que unos meses después, sintieron que el depa estaba muy cargado de cosas y los llevaron a la casa de sus papás. En una caja.

Adaptarse a la rutina del otro es uno de los retos de la convivencia. Por supuesto que hay circunstancias más complejas que otras. Lucía tiene narcolepsia (un trastorno crónico del sueño) y necesita tomar una pastilla una hora antes de despertarse para asegurarse, justamente, que podrá hacerlo, así que su alarma suena siempre a las cinco de la mañana. Ella toma la pastilla y sin que pase un segundo está dormida de nuevo; Janice, en cambio, se quedaba despierta. Le costó mucho al inicio. Hoy ni siquiera siente la alarma.

En Nueva York, Lucía estudió Neurosicología. En Lima había hecho un par de ciclos en la Facultad de Arte pero se retiró y trabajó en el Museo de Arte de Lima antes de irse a Estados Unidos. Ahora trabaja en una start up de tecnología que desarrolla inteligencia artificial para predecir cuán bien encaja alguien con un trabajo antes de contratarlo. Ella siempre supo que quería estudiar afuera porque le atraía la flexibilidad que las universidades ofrecen para elegir cursos y lo interdisciplinaria que es la experiencia: “En mis clases de Psicología había gente de Ingeniería y de Filosofía, y yo tomé cursos de Música, Economía, Historia…”. Desde ese punto de vista, estudiar es una manera de enriquecer tu mundo y no una forma de delimitarlo.

Janice está estudiando Fotografía en el Centro de la Imagen. Ella empezó a estudiar Comunicación Audiovisual en la universidad, pero no terminó: después de 3 años dejó la carrera porque no era feliz. “En el colegio la pasé muy mal. Nunca encontré cómo lidiar con los estudios; tenía un grupo de amigas con las que encajaba pero nunca me hallé en el colegio, así que mi sueño era ir a la universidad. Pero cuando ingresé sentí una gran decepción. Yo quería algo más artístico y los cursos estaban orientados al Marketing y la Publicidad. No me inspiraban en lo absoluto”, cuenta Janice. A pesar de eso no le iba mal, y como le faltaba solo un par de años para terminar la carrera la mayoría de gente la animaba a seguir hasta el final porque “no había nada que perder” y más bien el título era la manera de asegurarse un trabajo. Pero fue Lucía, justamente, quien la convenció de retirarse. Desde ese momento, Janice ha estudiado varios diplomados y a la par se volcó en su trabajo como fotógrafa. Llevó la carrera corta de Fotografía y ahora está cursando la larga, y está enfocada en terminarla, pero esta vez estudiando algo que la llena y la convence.

En los últimos meses Janice ha fotografiado para Ó S M O S I S: la suya es una mirada sensible, detallista, intimista… muy especial. “Las entrevistas capturan la filosofía de vida de cada personaje y un poco de la historia de cómo llegó a vivir donde está. Mi rol es capturar el otro lado de la ecuación: los objetos y el espacio”, explica sobre su aproximación a este proyecto y sobre su experiencia en las casas que le ha tocado registrar. “Me enfoco más en capturar detalles o ángulos que no buscan resaltar la arquitectura o ser exhaustivos en su cobertura del lugar; más bien quieren capturar la energía del espacio reflejada en la luz, los colores y las texturas”. En su trabajo personal, explora los límites y las posibilidades de la imagen desde una mirada conceptual. Trabaja con fotos de archivo y del álbum familiar, interviniendo física o digitalmente las imágenes. Le interesan los detalles y la ambigüedad o el significado que puede haber en un encuadre elegido. Es quizá lo que se ha preguntado en cada espacio que ha fotografiado para Ó S M O S I S.

El departamento en Barranco lo alquilan a un amigo de Lucía. Originalmente el dúplex se cerraba en una mampara que daba al patio, pero ellas le ganaron espacio abriendo la mampara y techándolo, para poner ahí el comedor y expandir el área social. La cocina abierta y la sala están separados por un bar de madera que debe tener unos 40 años y que perteneció a los abuelos de Lucía; también la alfombra que estaba en la casa de sus papás. Compraron sillas antiguas en un anticuario de Miraflores y el resto de muebles son sencillos y económicos: “Desde el comienzo sabíamos que este lugar era para 2 o 3 años, y no queríamos invertir de más”, explican.

El plan para el 2020 es volver a estudiar afuera. Se van a Boston: Lucía va a hacer un MBA y Janice terminará su pregrado en una escuela de arte. Esta vez irán juntas.

No suelen salir mucho (aunque este año —tal vez por la nostalgia prematura de saber que les queda poco tiempo aquí—, lo han hecho más) y juegan Backgammon casi todos los días. Para Janice lo más importante al momento de armar este depa era la iluminación (que suele ser tenue, con tonos cálidos y saturados, como luz naranja o roja) y la música: “Algo que nunca pude hacer en la casa de mis papás es poner música: ellos jamás la ponían, ni siquiera manejando. Ahora apenas me despierto en la mañana pongo música, la necesito todo el día. Estar en mi casa y poder poner la música que quiero me cambia totalmente el humor”. Para Lucía, un objeto preciado es su máquina de espresso: la que tiene la consiguió en Nueva York y la acompañó hasta CDMX y de regreso a Lima. Ninguna de los dos tiene mucha ropa, y cada vez compran menos. En este depa, Janice ha empezado a coleccionar fotolibros; Lucía por fin puede tener las plantas que siempre había querido. Tienen una pequeña colección de arte con piezas que les importan mucho, como el dibujo de Valentina Maggiolo, una pintura comprada hace 20 años por los papás de Lucía en un mercado callejero en México, una pieza de Alberto Casari, y fotos de la propia Janice. Tienen muchas fotos y grabados guardados, que no han enmarcado porque saben que las van a dejar pronto.

Este depa es pequeño pero tiene todo lo que necesitan; les ha dado paz para ser ellas mismas y, a la vez, se ha sentido como un limbo mientras definían sus futuros. Saben que esta etapa es pasajera y que tendrán la oportunidad de armar varios espacios en los años que vienen: “Siempre soñamos con la casa, ese espacio futuro increíble que tendrá todo lo que queremos y que nos gusta. Apuntamos a eso, y las cosas que vamos guardando hoy es pensando en ese espacio también”. Se ilusionan juntas con lo que queda por construir, mientras ese futuro llega.

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