Espacios de encuentro

Fotos: Janice Bryson

“Yo me mudo y ese día tengo que tener la casa lista… Si no, ¡no duermo! Guille dice: ‘voy a diseñar la mesa’… yo espero un rato y si no lo hace voy y me compro una, pienso que ya se reemplazará después. No puedo tener las cosas incompletas, me vuelvo loca. Él sí: su proceso es mucho más largo”. Marilú Palacios y Guillermo Thornberry conversan frente a frente en la sala de su departamento. Tienen cinco meses de casados; ya habían vivido juntos antes, pero este es el primer lugar propio. Él es arquitecto y ella marketera; él va paso a paso y ella hace las cosas anteayer. Puede decirse que su depa es el encuentro de ambas energías.

Vivieron un año en Florencia. Marilú estudió Negocios de Lujo en Polimoda y Guillermo hizo una maestría en Diseño de Mobiliario en el Florence Institute Of Design International, FIDI. Él llegó un mes antes y tenía la tarea de elegir el depa: vio solo tres opciones y se quedó sin dudarlo con la que tenía la mayor cantidad de luz natural. Marilú estaba nerviosa, pero al llegar entendió que la elección era inmejorable. Por otro lado, desde Lima ella le pidió que duerma con el edredón de la casa, que no cambie nada. “Casi dormí sobre el colchón nomás hasta que ella llegó”, dice Guille, en broma. Ella se ríe, explica: “Quería ser yo quien compre el edredón, las sábanas, las toallas… La semana que llegué empezábamos clases, pero tenía que terminar de comprar todo para sentir que estaba en mi casa”. Eso estresó a Guillermo, pero al final le agradeció: reconoce que si hubiera estado solo nunca hubiera terminado de comprar las cosas de la casa. 

Hay cosas que ella no ve. O ve distinto. Cuando recibieron el departamento él quería cambiar todos los dicroicos: ella no quería gastar en luces, sentía que tenían cosas más importantes que resolver. Pero hay cosas con las que Guille no tranza: cambió todas las luces de la casa y realmente cambió toda la casa. Son esos detalles que afectan un montón la calidad de vida que te puede dar un espacio.

Suele suceder que si estás ajustado de plata compras la mesa del comedor pero te quedas con los dicroicos feos y con la luz equivocada; ¿pero qué tal si inviertes en luces que mejoran tu relación con el espacio -la calidad del espacio- y esperas hasta que puedas comprarte la mesa que realmente quieres? Es interesante mirarlo desde esa otra perspectiva. Pero claro, no es una forma muy popular de pensar. Por ejemplo, en la primera reunión de propietarios cuando todos los vecinos discutían cómo resolver los temas del edificio sin pedir mucha cuota extraordinaria, Guillermo propuso cambiar las luces del lobby de blancas a amarillas, para hacerlo más cálido… “Pobre, es que no puede…”, se ríe Mari. 

“Considero que soy bien crítico. Entro a cualquier sitio y puedo apreciar un espacio bacán, así como pensar ‘¿qué pasó acá? Sin mucho esfuerzo esto pudo haber sido mejor’. En ese sentido creo soy bien pesado: claro que trato de no hacerlo evidente, pero mi cabeza no para”, admite Guillermo. “Ahora, lo que me pasa es que cuando tengo que armar mi propio espacio me cuesta bastante: mi proceso de tomar decisiones es largo porque creo que las cosas se van armando de a pocos; si tú armas tu espacio de una sola te vas a equivocar bastante y te vas a aburrir rápido. Todo el mundo espera que la casa del diseñador o del arquitecto sea wow, pero muchas veces no es así, cuesta más. Felizmente está Marilú que empuja para que las cosas se hagan y estén”. 

“Creo que antes todo era impagable y ahora hay muchas más opciones para diseñar tu propio espacio”, dice Mari. “Antes tenías que decorar con tal o cual decoradora, los wallpapers los traían de afuera… En cambio, ahora pegas un vinil y te cambia la casa, te cambia el ambiente”. En otras palabras, no tienes que comprar un sofá italiano de miles de dólares para resolver esos detalles de diseño que van a mejorar el look y la experiencia del espacio. 

Ella quería estudiar en Australia y él quería irse a Finlandia o a Suecia. Pero más que nada se querían ir juntos así que encontraron un punto medio. Su piso en Italia quedaba en una típica callecita florentina, lejos del Centro y de los turistas. A su alrededor tenían el bar del barrio, la tiendita, un taller de costurera y una renovadora que trabajaba cueros. Como buenos limeños eran los que más hacían reuniones en su depa de 50 m², pero en Florencia la gente salía, estaba mucho en la calle y todo el día. Es bastante lo que se llevaron de ese año en Italia.

Ya en Lima, Marilú fundó, junto con su hermana Lorena, Singular, una consultora que asesora a marcas de lujo. Aún hoy se cuestiona si el rubro en el que quiere trabajar (y la forma en que quiere hacerlo) es una realidad lejana a nuestro contexto. Su fuerte es la estrategia. Por eso ha empezado a dictar un curso de Marketing Estratégico en Mod’art: “Siento que en Lima la gente diseña, diseña, diseña, pero que en los institutos y universidades no están viendo la parte de gestión, y sobre eso Florencia me enseñó un montón. ¿Cómo puede ser que teniendo nosotros los algodones, las fibras, los textiles que tenemos, no se instruya a los creadores en todo ese otro lado del negocio? ¿Cómo se puede quedar tan limitado el diseño?”.  

En Florencia, a Guillermo le llegaba la inspiración a las 3 de la mañana y cuando Marilú se estaba yendo a la universidad él seguía en la mesa de dibujo, trabajando. Desde siempre tuvo inquietud por los objetos: desde una silla hasta un kayak de madera. Sin embargo, sentía que la reacción era negativa: “¿qué sabes de kayaks? Tú eres arquitecto, dedícate a eso”, y se cohibía. Su estadía en Italia le dio la seguridad de considerarse, por fin, un diseñador.

Antes de irse trabajaba en el estudio de arquitectura Este Oeste que había fundado con Andrés Solano; hicieron el edificio del Holiday Inn frente al Aeropuerto, un notable edificio en la Huaca Pucllana, varias casas de playa. Pero a Guillermo le gustan las cosas más tangibles, más cercanas. El proyecto de un edificio puede tomar dos años con suerte, y no lo ve hasta que no está construido. Un mueble lo puede tener listo en una semana o en un mes, dependiendo de su complejidad, y puede hacer lo que quiera con él, cambiarlo completamente si no le gusta. A su regreso, Guillermo fundó Tembo, un estudio de diseño con el que hace mobiliario, principalmente en madera, mármol y materiales naturales. “El diseño de muebles me da una libertad que la arquitectura no me daba”, explica. 

Viven en el dúplex con La Chola, la perrita de 11 años que Marilú tiene desde que estudiaba en la universidad. Estaba viviendo en casa de sus papás, pero ahora que está bien establecida se la ha traído. La perrita es tranquila, ya está mayor, hace lo que ellos hacen, los sigue por toda la casa. Mari quería que La Chola pase su vejez con ella y tenerla cuidada y feliz. El espacio es perfecto para los tres.

Han alquilado una oficina que comparten, pero Guillermo también suele trabajar mucho desde casa. La atmósfera que han creado se presta para inspirarlo. Es verdad que los bancos y la barra de la terraza, que vinieron con el depa, no le gustan nada: pero Mari no le deja quitarlos hasta que no traiga algo con qué reemplazarlos. Lo que sí no soportó fue la puerta negra que inexplicablemente cerraba la entrada a la cocina, que es abierta. Ahora la puerta ha quedado en el depósito. Guillermo está ansioso por tumbarse una pared que no es estructural, que para él no sirve para nada, pero sabe que no es el momento. Ni modo. Hay cosas que se avanzan mejor de a pocos. 

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