La distancia te da perspectiva

Fotos: Natalia Queirolo

Mucha gente se va de Lima huyendo por distintos motivos y en distintas circunstancias. Incluso quienes salen para estudiar fuera suelen tener en el fondo -como una razón más o menos consciente- ganas de desvincularse al menos por un rato de Lima. Porque sí: esta puede ser una ciudad que te absorbe, que te aplasta. Sin embargo, ese no fue el caso de Natalia Queirolo: antes de abril del 2015, cuando viajó a Madrid, ella vivía sola en un departamento lindo, tenía un trabajo que le gustaba, era independiente y a la vez estaba mucho con su familia y con su grupo grande de amigos… Ella no sentía que Lima la expulsaba, pero sí se daba cuenta que no se estaba desarrollando profesionalmente tanto como quería. Por eso se fue.

Era la época en la que se desarrollaba velozmente esta nueva comunicación digital debido a la revolución de las redes sociales, y en su trabajo como comunicadora Natalia sentía que todo era “prueba y error, no estábamos muy seguros de lo que estábamos haciendo”, recuerda. Por otro lado, sentía ganas de empezar a darle forma a su proyecto personal como fotógrafa, de encontrar nuevas referencias, aprender más en cada aspecto de su vida profesional. Tenía 26 años y se sentía preparada para salir del Perú. 

Vivió en Madrid casi un año y medio. Ahí hizo la maestría de Fotografía de Autor en el Istituto Europeo Design, IED. Trabajó un tiempo en una agencia, y luego empezó a prepararse para llevar otra maestría, esta vez de Media Communications en Londres, en una escuela que es parte de la University of the Arts. La perspectiva profesional era buenísima. Pero la experiencia era más que eso. “Yo creí que estaba preparada, pero en el camino me di cuenta de que vivir fuera es mucho más difícil de lo que pensaba”, confiesa Natalia. “El primer año no lo sientes, pero luego extrañas un montón tu país”.

“A Madrid me fui con pareja así que ahí fue todo un poco más fácil; pero cuando terminé con él la pasé mal. Cuando ya vives con otra persona y su presencia se vuelve parte de tu día a día, terminar se hace mucho más difícil. Tienes que armar de nuevo tu vida en un lugar donde no conoces a nadie; tienes que mudarte de lo que ha sido tu único refugio, y prepararte para estar, ahora sí, sola”. 

Londres fue un choque en todo sentido: la cultura, el clima, el costo de vida. Aun más: “Muchas de las cosas que tú crees que eres -buena, divertida o sociable- se cuestionan porque es otra idiosincrasia, te enfrentas a gente con una cultura más fría que tiene otras maneras de comunicar y que no te entiende. Hay una pared inicial bien dura”, reflexiona Natalia. Ella viajó para aprender y quizás las principales lecciones han estado fuera de las aulas. Recién este año, luego de estar viviendo desde el 2017 en Londres, está empezando a entender esta ciudad sin sentirse tan ajena.        

Claro que ha coqueteado con la idea de volver a Lima. En más de una oportunidad. Y tal vez aún lo hace. Mientras tanto, estuvo trabajando en las oficinas de Disney en Londres y ahora hace comunicación interna en la London College of Communications. “Es difícil esta ciudad, pero a la vez te da oportunidades increíbles. Por eso te terminas quedando”, asegura. 

Vive en Shoreditch, un barrio bohemio con talleres de artistas y agencias de creatividad, un lugar que está de moda. Hace poco más de un año alquila una casa con dos chicas que conoció en Londres: Andrea, peruana, y Camila, alemana. La casa tiene tres pisos, jardín, un patio y hasta un invernadero (para disfrutar incluso cuando llueve). Han comprado algunos muebles entre las tres y también han encontrado una que otra cosa en la calle, gracias a la costumbre europea de dejar en la acera los artefactos y muebles que ya no quieres para que otro los use. Natalia ha sido muy afortunada por conseguir un espacio como este, sobre todo en una zona (y una ciudad, en general) donde todo es chiquito y carísimo.

Ella duerme en la tercera planta, en el cuarto más pequeño. En su dormitorio tiene su cama y un escritorio bonito; no puede poner muchas más cosas porque no entran y también porque prefiere mantener ese espacio íntimo lo más simple posible. El baño es compartido y está dividido en dos, no tienen un baño completo. El primer piso tiene el área social y está lleno de plantas para hacerlo bien acogedor. La casa se ha vuelto el point para organizar parrilladas y reuniones. Entre Andrea y Natalia la han llenado de alfombras y cojines cusqueños y espejitos ayacuchanos. 

“Con Andrea, como es peruana, nos entendemos perfecto y me llevo increíble; Camila está más acostumbrada que nosotras a establecer reglas, y por eso hemos aprendido mucho de ella”, cuenta Natalia. “Para convivir con otros no tienes que ser mejores amigos, pero sí tienes que darte cuenta del respeto que exige la convivencia”. 

Reconoce que se llevó de Lima muchos prejuicios. Lo notó sobre todo en Londres, donde la ropa, la forma de hablar o los gustos de las personas no los encasillan. “El mundo es más amplio y definitivamente aquí se vive con la libertad de ser, sin que te cataloguen”, explica Natalia. “Aquí no existe el que si eres linda o te vistes bonito, o vienes de una buena familia, ya la hiciste. Y eso me parece positivo porque hace que te valores más. Tú tienes que hacerla sola”. 

Uno de los mayores miedos de aquellos que viven lejos de casa es no poder estar presente en los momentos más importantes o en los más difíciles. Natalia estaba en Londres, en la mitad de su maestría, cuando su hermana mayor Ale murió repentinamente. Obviamente regresó a Lima lo más rápido que pudo, y permaneció con su familia lo más que pudo también. Pero luego tuvo que regresar. Con el dolor, con el vacío, con las preguntas sin respuesta. “Cuando Ale murió mi identidad, lo que yo era, se vio quebrada, cambió; yo cambié. Tuve que crear una nueva Natalia en un lugar alejado, sin mayor sostén”, dice. Durante un buen tiempo vivió en una dualidad generada por la distancia: por un lado, el duelo era más duro; por otro lado, ella tenía que ser más fuerte. No podía abandonarse a lo que sentía porque el día a día no la iba a esperar. En Londres nadie te espera. 

Tiene tres toritos de Pucará que la han acompañado desde que se fue del Perú, son sus tres soldados. También tiene una planta que le dio un gran amigo apenas llegó a Inglaterra hace tres años, y la ha llevado consigo en cada mudanza (a lo León de la película “El profesional”). En cambio, mucha de la ropa con la que llegó la ha ido regalando. 

Hace un tiempo empezó un proyecto personal que se basaba en retratar en sus hogares a los habitantes de uno de los barrios más diversos de Londres, Hackney. “Hackneysity” se llama el proyecto, y es la unión de Hackney + diversity. “Cuando emprendes un proyecto fotográfico lo que quieres es transmitir las cosas que sientes, hablar de lo que sabes, y eso es lo que estaba experimentando en ese momento”, explica Natalia. “Ingresar a estos espacios privados, conversar con sus ocupantes, tomar fotos de sus cosas… era una búsqueda de entender qué hace a un hogar”. Es un proyecto artístico y de vida que aún debe terminar. 

Autorretrato. Más fotos en www.nataliaqueirolo.com
A %d blogueros les gusta esto: