Sentirse en casa

Fotos: Hilda Melissa Holguín

Aissa Chrem se mudó de la casa de sus papás cuando tenía 18 años. Hoy tiene 30 y la mayor parte del tiempo ha vivido sola. En su primera experiencia compartió el lugar con otros roommates y ella tenía un cuarto donde guardaba todo lo que poseía. Ha vivido con su hermana en un dúplex, ha vivido por su cuenta en varios sitios. Cuando adoptó a Mango, su perrito peruano, él se convirtió en su compañero de mudanzas.

Con los años ha aprendido que lo más importante para ella, esté donde esté, es poder sentir la luz natural. Prefiere los espacios amplios si se puede, y si no, al menos ambientes limpios para ir llenándolos con sus cosas. Es decir, le gusta todo aquello que se ha vuelto tan difícil de conseguir en Lima. Por eso los edificios antiguos son los que más le funcionan. Estos suelen tener ciertas limitaciones, como por ejemplo no tener ascensor. Pero tienen una magia que te transporta a otra forma de vivir tu vida.

Desde hace menos de un año Aissa ocupa un departamento en un edificio de 1955. No solo tiene grandes ventanas y vista a un parque, sino que fue enteramente remodelado por el artista visual Juan Diego Tobalina. “Me pareció hermoso, pero costaba más de lo que planeaba gastar”, recuerda Aissa. “Además mudarme a un depa con tres cuartos no tenía ningún sentido”. Si solo se guiaba por la lógica, no lo hubiera tomado. Pero bastaba mirar nuevamente sus acabados tan bonitos, y los ambientes que son pocos, pero amplios y llenos de luz. Aissa se mudó con Mango y los tres gatos que ya los acompañaban. Al poco tiempo encontró en la calle a Dharma, una labradora, y la adoptó. La casa está completa. “Este es el lugar más bonito en el que he vivido”, asegura Aissa.

Vivir en un espacio tan especial genera una sensación que se queda con ella y la acompaña el resto del día. “Más que una casa es como un hogar”, dice ella, que se ha mudado tanto. Antes, en otros lugares alquilados como este, ella trataba de decorarlos lo mejor posible para hacerlos suyos, pero no lograba sentirse del todo cómoda. Aquí, en cambio, siente una pertenencia que va más allá de no ser dueña de la propiedad: “Entro al depa y es mi desfogue, mi descanso. Y eso es bastante importante porque trabajo mucho en mi casa también”.  

“Soy muy cachivachera. Le agarro mucho gusto a las cosas bonitas. Me gusta ir a una tienda y comprar algo que me gustó, si es que puedo. Y no necesariamente porque sea funcional, solo porque es bonito: luego lo veo en mi casa y me gusta. También soy bien maniática con mis cosas. No soy materialista pero sí las cuido mucho y me altera un poco que algo se rompa. He tenido accidentes con mis animales, sobre todo en mi antiguo depa: libros de arte comidos y todo, cosas que me dolieron en el alma.  Pero acá el único peligro es la cola de Dharma, que algunas veces bota las cosas”.

Aissa también posee muchos objetos de su familia. Su abuelo, el italiano Marcello Martire, era arquitecto y diseñador de muebles y fue el primero en traer Knoll al Perú. Aissa tiene una de esas sillas italianas. La mesa de arquitectura de su abuelo es su escritorio, y las mesitas de su cuarto están hechas con cajones que también le pertenecieron a él. Tiene una formidable colección de revistas National Geographic montada sobre la chimenea, eso fue un regalo de su padre. Tiene otra colección de enciclopedias guardada. Su decoración es una mezcla entre lo actual y lo heredado. Y ella comparte el gusto por el diseño y la belleza de sus padres y abuelos.

Es fotógrafa y productora. No hace fotografía comercial: sus proyectos visuales son personales, de autor. No trabaja la foto como imagen necesariamente, sino que la usa como un medio. También usa mucho el texto. Considera que la reflexión detrás de su obra es la fragilidad de la imagen relacionada a los recuerdos.

Con su productora Tregua hace eventos, activaciones, conciertos, “todo lo que se pueda hacer lo hacemos”. Lo que más les gusta es crear proyectos relacionados a la movida cultural, al arte, la música y la moda, aunque siempre es un poco más difícil conseguir los auspicios para eso que para otros proyectos publicitarios. “Pero de igual manera tratamos de darle un giro a lo que hacemos, meterle mucha dirección de arte y lograr experiencias sumamente bonitas”.

La parte de investigación para su trabajo la hace en su depa. Se mueve bastante porque se aburre de estar en un solo lugar. Hay días que empieza en su escritorio, pasa por el comedor y la sala, y termina nuevamente en su dormitorio.

Piensa en la energía. Le gustan las plantas verdes: no las flores con color, sino las plantas verdes y mientras más raras, mejor. Desde el año pasado le ha entrado interés por las piedras y los cuarzos, y aunque no los entiende aún del todo, está aprendiendo y le gustan. “Pero para mí la luz y el aire me dan la energía suficiente. Hasta duermo con la ventana abierta, no me gusta entrar a un espacio y sentir vaho”.

Usualmente le toma un buen tiempo sentirse cómoda en un espacio, pero en este departamento todo ha sido más rápido. Otras veces ha ordenado la sala veinte veces antes de quedar conforme. Aquí los muebles simplemente encontraron su lugar. Tiene sus longboards en la sala porque son grandes y no entran en otra parte; la bicicleta la guarda en la cocina. Mango, Dharma y los tres gatitos van por donde les plazca. “El espacio en sí no me ha dado muchas opciones de ubicación de los elementos”, dice Aissa. “Pero eso no necesariamente es algo malo”. Cuando algo es, es.

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