Una vida al natural

Palabras: Romina Herrán / Fotografía: Hilda Melissa Holguín

Un espacio creativo que difumina el límite entre el interior y el exterior, así es el hogar de Alessandra Mendoza y Bruno Binda. Ellos son los arquitectos y fundadores de Par Agave, el estudio de diseño arquitectónico y paisajismo que destaca por su naturalismo contemporáneo y su apuesta por lo artesanal y local. También de Agave Par, la tienda de objetos de diseño y bienestar, y barra de experiencias gastronómicas y café de especialidad, cuyo deseo es probar los sabores de todas las regiones del Perú. Su casa es fiel reflejo de sus apuestas estéticas y éticas.

Alessandra y Bruno llevan 10 años juntos —dos de casados— y llegaron a este edificio de los años ochenta en Miraflores en el 2018, cuando estaban en la búsqueda del primer depa propio. La vista al parque y al mar (y los atardeceres entre noviembre y febrero) fueron grandes puntos a favor de su elección. Los interiores no estaban como ellos querían, pero supieron que con una remodelación podrían hacerlos suyos.

Su departamento es la tesis de su filosofía como estudio de diseño arquitectónico y paisajismo. “Fue un experimento para nosotros, como el pie derecho para lo que hacemos ahora”, explica Ale. “Se ve todo lo que nos gusta trabajar, desde los materiales, los colores y las texturas hasta las sensaciones de la luz y la vegetación”, añade Bruno.

Las intervenciones principales de la remodelación fueron retirar muros para integrar los ambientes; aclarar la madera del piso para darle modernidad; reubicar el baño de visita; replantear la iluminación y agrandar la terraza. En el proceso, y sin planos para trabajar, descubrieron que la montante del desagüe estaba en el centro del área social. Había que ser creativos ante el reto y acabaron transformándolo en una columna de concreto vaciado, que rodearon con una boa que sigue creciendo alrededor. En lugar de una interrupción o molestia, hoy es un elemento que da carácter al ambiente.

El comedor da la bienvenida cuando se abren las puertas del ascensor. La gran mesa de cirrostrato rojo con toques traslúcidos se hizo a partir de una piedra que compraron como retazo, y fue creada por Par Agave, porque el diseño de producto siempre ha sido parte de su exploración como estudio. Alrededor, están las seis sillas de madera y fibra que tanto les costó encontrar. El comedor lo usan mucho; algunas veces también como apoyo para cocinar, otras veces como oficina.

Una yanchama, fibra de origen vegetal, corona el ambiente. La consiguieron en uno de sus viajes a Iquitos. En principio, la querían como lienzo para un arte futuro, pero luego decidieron ponerla así: cruda, irregular y en estado natural, colgada en la pared. “Su proceso de creación tiene muchísima historia y sostiene muy bien el lenguaje de todo el departamento, así como la identidad que representa”, sostiene Ale. “Sin querer resaltar, la yanchama encajó. Las medidas eran las ideales, fue al azar. El diseño, muchas veces, es dejarse llevar”.

En la sala, destaca la pieza “Dueño del tabaco”, del artista amazónico Santiago Yahuarcani. También otro diseño de Par Agave: la lámpara de papel de plátano, un material hecho por el taller Bosques de Papel. El sofá en ele, también diseñado por el estudio, está siempre cubierto por mantas y cojines. Es ahí donde Ale y Bruno se ponen a leer o hacer siesta (cuando tienen tiempo). Les gusta prender el incienso —es uno de los rituales favoritos de Bruno— y contemplar el mar. Para los arquitectos, la sala debe ser un lugar donde bajar revoluciones y no son fanáticos de esas salas “mírame, pero no me toques”. Por eso, el sofá también es el sitio favorito de Mafalda, su perra de 12 años, que comparte el depa con Elvira, la gata que rescataron cuando era bebé; Rocco, otro perro que adoptaron recientemente; y, hasta hace unos meses, con Lukas, que falleció con 16 largos años y que, en sus palabras, fue el mejor perro del mundo.

La cocina es abierta, muy al estilo Par Agave. “No nos gustan cerradas y siempre proponemos abrirlas, porque son el corazón de una casa”, dice Ale. La pareja eligió un piso de porcelanato tipo piedra y granito para el zócalo, porque el cambio del material ordena cuando no hay paredes. Pusieron muebles bajos enchapados en madera por la sensación de calidez que aportan al tacto; también una encimera negra, pues es un color que transmite elegancia, profundidad y fuerza. El espejo de la cocina fue “un capricho de diseño que solo hicimos porque era nuestro depa. No sabíamos si iba a funcionar, pero resultó perfecto y nos permite ver el sunset mientras cocinamos”, confiesan. En ese mismo ambiente incorporaron una repisa en inox, sobre la que se luce la colección de rocas del abuelo de Bruno, geólogo de profesión, y un filtro de agua en cerámica, una pieza hecha por Sonia Céspedes, la maestra ceramista de Ale.

Si hay un cocinero, parrillero y anfitrión en esta dupla, ese es Bruno. Su especialidad son las pastas con frutos del mar o el salmón con verduras a la parrilla, que está en la terraza. Ese es un espacio muy importante para este par de amantes de la naturaleza: conscientes del contexto urbano, han procurado decorar la terraza con una sensación cálida y envolvente que conversa con los colores y las texturas del área social interior, de tal manera que el tránsito entre la sala y el exterior se siente orgánico. Es un lugar para relajarse y cambiar, literalmente, de aires.

El bar con aires de altar sirve de espacio intermedio y rompe con la rigidez de la distribución clásica. Sirve como estación de café en las mañanas —con hielo para Bruno y con leche de almendras para Ale —, y para esa copita que puede acompañar el final del día. El slow living se hace presente.

No hay más obras de arte en las paredes porque no les gusta sobrecargar y Alessandra es una fiel defensora de los vacíos en diseño. Eso sí, hay piezas utilitarias en cerámica, como las macetas grandes oscuras y otras exploraciones de la propia Ale y Bruno (bustos y esculturas), así como piezas de colegas para colecciones cápsula de Agave, y una cerámica de Franco Alonso Galliani. También se pueden encontrar repartidas sus colecciones de hojas secas y otros objetos traídos de sus roadtrips por el Perú y viajes por el mundo.

Y puede decirse que sus plantas son casi obras maestras: esculturas en transformación y movimiento. Llegan al centenar: tienen un cactus San Pedro, un jazmín de la India y una madreselva, entre muchas otras especies cuidadosamente seleccionadas y, por cierto, todas rescatadas; ellas son tan moradoras de este lugar como la propia pareja, y se les trata con mucho cariño.

En casa han creado también un estudio que se descubre tras un biombo de papel de plátano: ahí incorporaron un taller de cerámica para Ale y el piano eléctrico de Bruno, que suele tocar y componer por las noches.

Detrás de una puerta invisible, están el dormitorio y el baño principal, que han sido la última remodelación del departamento, el proyecto de este año. Para Alessandra, es “su cueva”, un santuario de calma. Las ventanas antirruido ya las habían puesto hace tiempo, pero ahora la habitación tiene una jardinera, un espejo grande, un closet y área de almacenaje integrado a la cabecera de la cama, y una cortina de casi 360° que envuelve el cuarto, como si fuera una piel. La funcionalidad es muy importante para Par Agave: “Más allá de la comodidad, todo responde a una necesidad. En nuestro depa, los muebles también son accesorios de almacenamiento”.

Ale y Bruno definen a este depa como su cable a tierra. Se entiende. La sensación es la de estar en una casa donde se habita en paz con la naturaleza. La externa, pero también la propia, la más íntima. La que cuenta muchísimo.