Lugares que acogen

Palabras: Romina Herrán / Fotos: Hilda Melissa Holguín

En el mismo predio donde solía estar una propiedad del Premio Nobel Mario Vargas Llosa, y que se transformó durante los noventa en un edificio con vista al mar en Barranco, vive Keny Feijóo, periodista y editora de Revista J. Se mudó en el 2018 con su esposo, el administrador y financiero Rogelio Fernández, y sus dos hijos Rogelio y Benjamín, de 11 y 9 años, cuando su departamento anterior les quedó chico.

Aunque de pequeña Keny soñaba con ser gitana y no tener una residencia fija -y ha vivido así entre Lima, Miami y Madrid- siente que este es su hogar definitivo. A diferencia de otros espacios, “cuando me mudé aquí sí me entró la necesidad de hacer nesting y decorar con recuerdos de mi pasado, objetos de gente que quiero y piezas que me representen”, explicó Keny. Una casa es, en sus palabras, una extensión de quiénes somos. Y este depa la representa.

Apenas se abre la puerta del ascensor hacia el interior del amplio departamento, una obra de arte de 2 x 3 metros colgada en la pared de la sala invita a realizar una pausa y contemplarla. Se trata de un óleo sobre tela del artista Héctor Acevedo, con su característica reivindicación a la figura femenina, lenguaje onírico y estilo surrealista. “A algunas personas les genera pudor ver una mujer desnuda en la mitad de una sala. Es un cuadro que genera conversación y me permite tasar la personalidad de la gente”, se ríe Keny.

Con el mismo protagonismo, se luce en su sala un bargueño que tiene unos 50 años de antigüedad, un mueble que le regalaron sus suegros y que es un recuerdo de la casa donde creció su esposo. Hay muchos objetos especiales aquí. Sobre la mesa de centro, por ejemplo, está el hipopótamo azul de vidrio soplado Borowski, que le inspira alegría. Keny quiere que todo lo que llegue a su casa la haga sonreír, desde el florero de pájaros en su cocina, la galleta de la fortuna de Sabrina Barthmann en su sala o el móvil de Kiko Agois en su comedor. La decoración tiene ese impacto: influir en el estado de ánimo, y ella lo sabe.


Hay otros artistas peruanos presentes, como Joselito Sabogal, Gerardo Chávez y Fernando de Szyszlo; tiene un collage de Rafaella Sevil, una ilustración de Amadeo Gonzales, una impresión digital de Joaquín Liébana y un dibujo de Gino Ceccarelli. En su comedor, en una repisa de madera que mandó a hacer a medida, se suman el abanico de Luis García Zapatero, un lagarto de Ana María Westphalen y un stencil de Big Rex. Keny afirma que el arte la alimenta. Aprecia, particularmente, el trabajo de los artistas peruanos contemporáneos.

La mesa de mármol gris con vetas doradas del comedor es su obsesión. Que fuera un tablero grande —3 x 1.5 metros— era importante para ella: quería reunir a todos sus seres queridos. Es más, le encanta cuando hace una comida y los ve a todos apretados entre las sillas y la banca.

Eso sí, el corazón de este hogar es uno solo: la cocina, que también tiene vista al mar. Cuando se mudó, Keny la rehizo por completo e incorporó los gabinetes de madera, las encimeras de granito blanco y los pisos de porcelanato. El requisito que le hizo a Pía Díaz, la arquitecta que la ayudó en este proyecto, fue que tuviera color y esa fue la base para el mosaico. Aquí es donde pasan más tiempo en familia. Es el lugar favorito para la hora del desayuno y la cena; donde su esposo Rogelio hace el café y lee el periódico y donde Benjamín prepara los postres. Los fines de semana, confiesa Keny, parece un típico “diner gringo”, entre panqueques, tostadas francesas, waffles, huevos y frutas.

La cocina es el punto de partida para muchas reuniones sociales que se extienden luego hasta su terraza, en la que destacan las plantas, los tonos neutrales y una luz cautivante. La terraza es el espacio para la parrilla (dice Keny que su esposo hace la mejor de Lima), las celebraciones, el brindis, el baile. Las marcas de copas y vasos sobre las mesas exteriores de madera son la prueba. “Así se nota lo vivido. Me parece que les da carácter”, asegura Keny. El depa siempre está lleno de amigos e invitados, de la pareja o de sus sus hijos.

Han creado una casa acogedora, con buenas vibras, en donde todas las personas se sientan bienvenidas, y esa fue su principal intención. La periodista recuerda que, mientras crecía, siempre sintió la casa familiar como el espacio de sus padres; en cambio, ella quiere que sus dos hijos sientan este departamento como propio: “Quiero que de este hogar salgan felices y sepan que siempre pueden volver”.

Vivir frente al mar, definitivamente, es un plus para Keny. Sin embargo, lo que más ama es la vibra que tiene el distrito, el movimiento del malecón, la vida del barrio, la facilidad para caminar por doquier, ese feeling que tiene Barranco. Tanto en la terraza como en su cuarto tiene sillas con vista a la calle y, cuando puede, y no está escribiendo o editando, se sienta a ver a la gente pasar.

Le gusta ir observando su espacio: cambiar, añadir y mover las cosas de un sitio a otro. Es parte de su naturaleza, algún rezago de ese sueño gitano, quizás. Lo más importante es que todo el que entre aquí se quiera quedar. Para Keny, no hay mejor cumplido.