Palabras: Jimena Salas / Fotos: Lalo Rondón
Es una mañana calurosa y Elke Neustadtl nos recibe con una jarra de té helado recién hecho. Nos sentamos en la terraza techada junto al jardín, curiosamente ubicada frente a un pequeño, cálido y luminoso escritorio. “Lo puse ahí en pandemia”, cuenta ella. Y aunque ahora la terapeuta tiene un consultorio externo e incluso otro lugar adicional de trabajo fuera de casa, no piensa modificar este rincón. “Me encanta trabajar aquí. Me encanta estar en casa”, explica. No es difícil entender por qué.





Todo su espacio evoca bienestar. Uno que ha forjado para ella misma, pero también que ha ido creando para su familia y que comparte con quienes la visitan. Si bien se formó y desempeñó durante años como diseñadora gráfica, la búsqueda personal de Elke la fue conduciendo hacia otras disciplinas, todas vinculadas con una mirada integradora de la salud y el mundo del bienestar. Por eso hoy, además de trabajar ofreciendo terapia nutricional desde el enfoque funcional, procura mantener un estilo de vida equilibrado y de mucho disfrute, ya que, según afirma, “la salud viene de la mano del goce”.
No es de sorprenderse entonces que sus dos ambientes caseros favoritos sean la cocina y los exteriores de su departamento. Anfitriona por naturaleza, Elke adora cocinar y compartir. Ama preparar generosas fuentes de curry para sus amigos, así como saborear los desayunos de interminables sobremesas que suceden cuando sus hijas están en Lima, y los almuerzos en el comedor de diario. Los olores de las especias, sus utensilios y libros de cocina le proporcionan felicidad, y le traen recuerdos de su infancia y adolescencia en Venezuela. “En mi casa, en Caracas, la cocina siempre fue el spot. Y de hecho, adonde voy, siempre acabo instalándome en la cocina”, cuenta.





Lo principal, en sus propias palabras, es que la casa sea “vivible”, que sea placentero el solo hecho de habitarla. Y es pensando en esto que ha ido concibiendo junto con Gonzalo, su esposo, cada uno de los ambientes. El jardín, que recibe una luz maravillosa en este día de febrero, tiene un pequeño comedor externo en el que a Elke le encanta recibir a sus amigas. A pocos metros está la parrilla que le heredó su papá, y que años atrás había llegado desde Venezuela en un contenedor. “Un día se hartó y me dijo: ‘¿Sabes qué? Yo ya no voy a hacer parrilla a estos niveles. ¿La quieres?”. Elke aceptó y, de la mano de Gonzalo, decidieron que tremendo obsequio merecía tener un entorno acorde: fue así que construyeron una salita independiente con baño aparte para disfrutar del espacio con autonomía.
Indudablemente, el valor emocional juega un rol importantísimo en la disposición del mobiliario y la decoración de esta casa. Además de la parrilla, en el jardín hay una mesa que exhibe una colección de lamparines de barro hechos en Isla Margarita. Estas piezas de artesanía, típicas de la isla, fueron los principales elementos decorativos del día de su boda.



Unos pasos más allá, en la sala principal, Elke atraviesa la estancia listando anécdotas vinculadas a objetos: el regalo sorpresa que le hizo su esposo durante su viaje a Copenhague, de la tienda del Louisiana Museum; una foto de Scheveningen, en La Haya, cuya contemplación la hace sentir más cerca de sus dos hijas que viven en Holanda (regalo de Habanita de la Jara por sus 50 años); una radio antiquísima que perteneció a su abuelo austríaco emigrado al Perú, en la que escuchó el final de la guerra; una obra que su tía, la artista Nelly García, le entregó para ayudarla a sanar un corazón roto (la pieza consiste en una foto intervenida con un poema de Blanca Varela); las herencias de sus abuelas, entre muchos otros elementos van dibujando una línea de tiempo plagada de historias de aprendizaje, vivencias felices y memorias imborrables.
En el recibidor, exhibe tres obras de sus íntimas amigas, Gianna Pollarolo, Rocío Gómez y Muss Hernández, como un manifiesto de sus afectos y el lugar que les otorga en su vida.
Con el objetivo de vivir en salud, Elke ha ido hilando un estilo de vida y un espacio vital coherentes y equilibrados. Durante muchos años batalló con dolores que ningún especialista supo explicarle y con una autopercepción corporal que no la dejaba vivir en paz. En medio de este largo proceso, una pérdida personal muy dura para ella acabó siendo, afortunadamente, el detonante del cambio: la crisis profunda que atravesaba la empujó a ir al médico para hacerse chequear la tiroides. Fue gracias a eso que recibió el diagnóstico: enfermedad de Hashimoto, un mal autoinmune que aqueja a muchas mujeres en el mundo. No obstante, la medicina tradicional no parecía darle todas las respuestas que necesitaba; solo su determinación la llevó a dar un giro radical.






Lejos de ahogarse en la angustia, Elke aprendió de los cuatro pilares que sostienen la salud: la alimentación, el descanso, el manejo del estrés y el movimiento. Decidió educarse en el tema y luego compartir el conocimiento para ayudar a otras mujeres a vivir mejor, en sintonía con los procesos hormonales de cada etapa. Se certificó en nutrición funcional y como coach especializada en autoinmunidad, y gracias a su pasión por la cocina y el buen comer empezó a explorar formas de nutrirse sin restricción excesiva y con salud y mucho placer.
Con el tiempo, empezó a llenar de intención todos los aspectos de su vida y a cuidar mejor sus relaciones interpersonales. “A mí me gusta ser feliz, vivir bien desde adentro. Tal vez por eso conecto tanto con la estética, porque lo bonito y el orden me hacen sentir bien”, afirma. También se enfocó en constituir un hogar emocionalmente saludable y funcional, en el que sus hijos encontraran sólidas bases en el respeto, la contención y el amor; así como en renunciar a un ideal de perfección que, lejos de generar tranquilidad, incrementaba su estrés.

Su hogar es, a fin de cuentas, tan solo una manifestación visible de lo que ella ha ido construyendo en su camino de bienestar: una vida con el solo propósito de vivir satisfecha, con vitalidad, con optimismo y, por supuesto, con salud y calma.
