Contar su propia historia

Palabras: Romina Herrán / Fotos: Hilda Melissa Holguín


El olor a palo santo se siente ni bien la puerta se abre. Quemarlo y “pasarlo” es uno de los rituales cotidianos del departamento de Inés Fernández Ortiz de Zevallos. En el edificio de los años setenta en Miraflores viven Inés, su novio Carlos Bambarén —se casarán en agosto— y Raquel, la gata que la pareja adoptó en el 2017. Aquí se apuesta por la buena vibra.

Inés es la“storyteller cultural” detrás de la página de Instagram “Inés te cuenta”, donde comparte contenido sobre literatura, moda, arte y cine; Carlos es terapeuta holístico y está preparando su primera película; y ambos crearon “Cinestesia”, la plataforma de difusión cinematográfica que tiene más de una década y que cubre festivales internacionales como Sundance, Cannes, Berlín y Toronto.

En la sala, donde tienen la televisión grande y los cojines de la pintora Alejandra Bambarén (la hermana de Carlos), es donde pasan más tiempo a diario. Almuerzan sentados en el sofá; ven una serie por la tarde o una película en la noche. En este mismo ambiente se luce el grabado pequeñito de “Los Ángeles guardianes del valle” de Salvador Dalí (1963), una herencia familiar; un cuadro de desnudos del italiano Ugo Attardi; dos obras —unas flores y un autorretrato— pintadas por Maruja Modenesi, la abuela materna de Inés; y la ilustración de Blade Runner en japonés del peruano Gianmarco Magnani.

El comedor tiene una mesa de vidrio y un tronco de madera tallado como base. Se los regaló el hermano de la novia del papá de Carlos, quien es la dueña del departamento, y requirió de cuatro personas y mucha fuerza para llegar hasta este noveno piso. Es el ambiente donde Inés graba el contenido que luego aparece en sus redes sociales: en los videos, la pared roja y el librero de madera, que acoge sus tesoros más preciados, se roban la atención de los más curiosos. Aquí también es donde pinta acuarelas, uno de sus hobbies favoritos para relajarse.

El librero, tan lleno de antigüedades y cachivaches (“esas cosas que no te dan el corazón para botarlas”, dice ella), es la expresión más fiel de Inés y Carlos. Hay un autógrafo de Rosalía, que lo mandaron desde Sony Music; un instrumento de ingeniería del siglo XX; una lámpara Trellis, porque a la pareja no le gustan las luces de techo; una copia de la película “Mulholland Drive” de David Lynch, la cinta preferida de Inés; unas máximas cristianas de 1766 y una edición antigua de “Wuthering Heights” que perteneció a su tía abuela y que Inés está leyendo estos días. “Aprecio todo lo heredado, porque siento una conexión profunda con el legado intelectual que me dejaron mis antepasados. Encuentro mucho placer al leer las mismas páginas que leyeron las personas que existieron, a veces, siglos antes que yo. Me parece hasta mágico”, cuenta Inés.

En el librero de madera también reside “Une maison de Grenades” de Oscar Wilde, que esconde una coincidencia sorprendente en la dedicatoria: es un libro de la bisabuela de Inés que el tío bisabuelo de Carlos le obsequió en el año 1934. El destino, quizá. Además, está “El Conde de Montecristo”, pero en francés. Carlos lo imprimió, porque no lo encontró a la venta, y dibujó a mano, desde la portada hasta la biografía, como un regalo para Inés. “Es el libro más importante de todos”, dice ella.

Frente a la ventana, que ofrece una vista parcial al mar tras las cortinas azules —recién puestas y usualmente cerradas, porque Inés es fotosensible— está un sofá verde, una silla de terraza y una mesa. La pareja ha bautizado a esta área como La Cafetería, y ahí se sientan a leer, jugar con su gata Raquel, scrollear el celular o tomar un café. En la tarde, suele ser un espresso que preparan en una máquina heredada de los años ochenta; en la mañana, uno hecho en la prensa francesa.

Para llegar al dormitorio principal y a la oficina se atraviesa una cortina Daruma que compraron en la tienda Kawagami: Inés ama la cultura de Japón y su sueño es viajar a ese destino. En el espacio de trabajo compartido están el escritorio de Carlos, donde realiza sus lecturas del tarot y registros akáshicos, y el escritorio de Inés, adornado por un papel tapiz con una obra de Monet. Aquí es donde ella investiga, escribe los guiones y  edita sus contenidos. Hay pósters de películas del cine club que tuvo alguna vez “Cinestesia”, acreditaciones de varios festivales que conservan para el recuerdo, una alfombra suave que Raquel adora y varias fotografías familiares que los hacen felices.

Entre los cambios pendientes en el depa está comprar un nuevo sofá seccional para la sala; renovar la cocina —en la que destaca un póster del centenario del cineasta Bergman—; poner una cabecera a la cama y pintar las otras paredes del apartamento en tonos intensos, inspirados en la paleta de colores de Almodóvar. Muy ellos.

Inés se define como cachivachera, igual que su papá y su abuela paterna (que tenía tres cuartos repletos de cosas) y dice que eso le da paz; Carlos, que tampoco es partidario de los espacios en blanco, aprecia que ella tenga esa cualidad. Así, cada pieza en este hogar tiene un significado y un sentido. Rodeados de libros, películas, arte, muebles, herencias y chucherías, la pareja sigue contando su propia historia.