Los tiempos de una casa

Palabras: Alejandra Nieto / Fotos: Hilda Melissa Holguín

Hace dos años, el chef Jerónimo de Aliaga y la coach y consultora en Recursos Humanos Maria Jose Benavente vivían en Chorrillos, en un depa con vista a la playa que se sentía como “de soltero”, con su split face border collie llamada Luna. Pero Olivia, la hija de ambos, ya estaba en camino. Y para cuando naciera, la pareja quería un lugar más grande, con más habitaciones, con terraza, y que estuviera frente a un parque para que la pequeña pudiera jugar.

La búsqueda se vivió en dos partes. La primera fue larga y parecía que no iba a concretarse. La segunda llegó con rapidez. Explican que Jerónimo siempre había querido dos perros, pero Jose no estaba muy convencida; con el embarazo, él insistió en que Luna iba a necesitar compañía. Así llegó Moka. “Luna, a pesar de estar esterilizada, había comenzado a hacer un falso embarazo, pero cuando llegó Moka se relajó y se olvidó de todo”, explica Jerónimo. Pero Jose recuerda la otra parte de la historia: “Yo estaba embarazada, era mi primer trimestre –que fue difícil–. Moka recién llegada y Luna hacían puro desastre. Así que un día dije: ‘¡Tenemos que mudarnos ya! En este depa, con dos perros, es una locura’. Y encontramos el nuevo departamento al día siguiente”.

El dúplex estaba vacío, pero una de las ventajas es que la distribución se veía clara. El área social, que contiene la sala, el comedor y el escritorio de Jerónimo, está separada del lado íntimo, que está en el primer piso, junto a la terraza.

En la sala, querían que el sofá aproveche la vista la parque. La pared curva fue un reto: Jerónimo probó cuadros de diferentes tamaños, pero no funcionaban. Finalmente, tuvo la idea de mandar a hacer canastas a la comunidad Shipibo-Konibo de Cantagallo. Una suerte de recibidor/bar divide ese salón del comedor: ahí, una mesa andina que tiene entre 150 y 200 años –un regalo de la mamá del chef–, define el espacio. Son parte de la familia que aun mantiene la centenaria Casa Aliaga en el centro histórico, así que las antigüedades son parte natural del hábitat.

Debajo de la mesa del comedor hay una caja de pecanas, curiosa decoración que fue regalo de un tío que las cultiva y que también funciona como entretenimiento para Olivia, que ama sentarse en el piso y jugar. Las macetas que rodean la mesa tienen ruedas por practicidad, pero a medida que Oli empiece a caminar van a cambiarlas, para evitar accidentes. En la pared, un cuadro de Valentina Maggiolo representa también una mesa de comedor: “Buscábamos algo que dé profundidad, y este cuadro funciona como un espejo de la realidad”, explica la pareja.

“Jero se puede pasar meses visualizando cómo va a decorar. Puede tener un lugar para tal cuadro en su plano, pero una vez en la casa lo pone sobre un banco para ver si le gusta y tener una idea de la altura, etc. Yo quiero todo de inmediato, pero él se toma su tiempo”, cuenta Jose.

“Decorar tiene que ver con vivir”, dice por su lado Jerónimo. Su casa siempre está cambiando porque ellos están cambiando. Luego, cuando ven las fotos de antes, se sorprenden gratamente. “Lo ves en las plantas: las pones donde tú crees que quedan bien, pero al final tienes que ver cómo les va, ir probando. Tengo plantas que con un cambio de sitio y empiezan a florecer o a crecer”, agrega él.

La habitación de Olivia tiene un estilo propio, distinto al resto de la casa. Su cuarto empezó por el papel de pared, un regalo de su madrina. Les encantó que tuviera animales y mucho verde, pero que también hubiera un elemento mágico, de ilusión. El espacio donde Jose hace su practica diaria de yoga ­–del que incluso es profesora– cambió recientemente para volverse un lugar adicional de juegos, donde ambas, madre e hija, pasan gran parte del tiempo.

Las plantas son todo un tema en el departamento. Olivia ha aprendido a no tocarlas sin supervisión, y ya tiene su primer set de jardinería. Jerónimo se ocupa del cuidado de todos los días, y luego una vez al mes viene una persona que ve cambios de tierra y mantenimiento general… Y les deja una planta nueva cada vez que los visita.

La relación de la familia con la naturaleza está al centro de la casa: Oli ama pasar tiempo en el parque y Jose menciona a los colibríes que suelen visitar la terraza; Moka y Luna son grandes compañeros, suaves con Olivia e inquietos las cuatro veces que Jerónimo los saca al parque a pasear cada día. “Si salen menos no los ves así de tranquilos”, asegura.

Un grupo de bromelias domina la terraza. Ahí también se encuentra un árbol de jade de entre 40 y 50 años que perteneció a la abuela de Jerónimo. Por el calor que ha hecho este verano empezaron a regarlo más seguido sin saber que el drenaje estaba tapado y casi se muere, pero lo recuperaron con una poda extrema, un cambio de tierra y un poco de canela. “La gracia con las plantas es que las tienes que observar. Es común que me digan que no las saben cuidar porque un día voltean y sus plantas están muertas. Y yo les respondo que eso solo pasa si no las han mirado durante semanas”, cuenta Jerónimo, quien encuentra en la jardinería un momento de contemplación y relajación de la vida agitada de chef. Fundó el restobar Barra 55 y dirige el restaurante barranquino Pan Sal Aire con la idea de ofrecer una carta pequeña pero cambiante, con ingredientes orgánicos y de alta calidad. Un espacio casual pero gourmet.

Pan Sal Aire comparte con su casa los mismos tonos de paredes, y la presencia de madera y plantas. Y es que Jerónimo tiene un estilo marcado: “En la cocina muchas veces estás pensando qué puedes agregar; a mí me gusta ver qué puedo quitar. Para mí, en la cocina menos es más y en mi casa también”. Antes de decidir ser cocinero, Jerónimo consideró estudiar arquitectura. Jose opina que su mente funcionaría con la misma dinámica en ambas profesiones: probar, observar el proceso, mejorar. Las pruebas son la única forma de evolución. Así es como se desarrolla un proyecto que se cuida: un restaurante, un jardín, un hogar.