Palabras: Alejandra Nieto / Fotos: Hilda Melissa Holguín
Su familia tiene una conexión magnética con el edificio. Eso es lo que cree Andrés Miró Quesada, artista, docente y director creativo. Vive en un departamento por el que han pasado su bisabuelo y su abuela; hace poco, su hermana regresó a Lima y encontró otro departamento libre unos pisos más arriba del suyo. “Me encantaría ver fotos de cómo era cuando mi bisabuelo estaba. El de mi abuela lo recuerdo porque viví varios años con ella. Siempre es diferente. Sería como ver esas películas donde las cosas van cambiando, pero sigues viendo a la misma familia”, reflexiona Andrés.
Es una continuidad y al mismo tiempo no lo es. Andrés se encontró con el departamento completamente para él cuando empezó la pandemia. Esto lo animó a remodelar. Andrés usa una silla de ruedas, de ahí que los cambios en el depa traían, además de un tema de estilo, la posibilidad de profundizar en la accesibilidad.






“Antes no me era posible llegar a algunos espacios. De pronto, tenía la oportunidad de adaptar todo a mí. Creo que para una persona en silla de ruedas lo más importante es el acceso y no hay donde mejor empezar que en tu casa”.
Quería una suerte de temática industrial, pero orgánica. Un ambiente oscuro y con mucho fierro, pero que tenga madera y colores cálidos. Los encargados de asesorarlo fueron los hermanos y arquitectos Vincenzo y Pascale De Col, sus amigos de toda la vida. “Son bastante prácticos y directos. Te proponen al toque y siento que me leyeron bastante bien”.
Los cambios empezaron con la llegada del sillón de cuero, algo que siempre había querido, sobre todo por el color camello. La mesa de centro de su madre quedó: funciona como decoración, pero también por su practicidad, pues es un perol que se da vueltas “como una mesa de chifa”, acota Andrés. Todo el mundo se queda impresionado con esa pieza.
Junto a la mesa se quedaron el bar y el baúl, que también habitaban el departamento. Andrés quería tener objetos antiguos mezclados con lo nuevo. El estante de la sala donde están las plantas fue mandado a hacer para dar el tono al resto del espacio: combina fierro y madera, como también lo hacen la mesa que eligió para la entrada y el juego de comedor, con las patas de los muebles negros. La mesa de comedor es sobre todo una mesa de buraco, aunque también permite otros juegos como cachito o Pictionary. El espejo termina de definir un espacio de líneas limpias, solo interrumpido por la volatilidad de las plantas que crecen enmarcando retratos familiares, también vestigios de la decoración anterior pero definitivamente algo elegido por Andrés.




“Tenía que depurar. No soy de tener libros que nunca leo, quiero ver en mi casa lo que me gusta”, cuenta. Su ayuda en esa tarea fue su hermana Flori, quien además «tiene un gran ojo» (y un proyecto propio de diseño, su marca Muñaquy). Andrés señala uno de esos objetos que le son imprescindibles: una de sus fotos favoritas, en la que están sus tías de niñas, todas sentadas sobre una vaca. Su mamá, que falleció hace algunos años, era la mayor de nueve hermanas. “¿Te imaginas tener tantas hermanas? Debe haber sido un locurón. Para hacer una película”, dice riendo.
Las plantas están presentes en los distintos ambientes, todas de gran tamaño y verde intenso. Antes de mudarse, Andrés vivió un tiempo con amigas amantes de las plantas y eso le dio otra perspectiva, aunque no lo hizo experto en el cuidado de jardines interiores. A pesar de sus dudas, hasta el momento todas viven.
Como Andrés, sus plantas parecen preferir la iluminación indirecta. Si bien la sala nunca tuvo luces en el techo, recién ahora se ha pensado más el tener luces en lugares puntuales, y casi todas rebotan en las paredes; también ha optado por lámparas pavonadas. Una pieza central es la luminaria de la sala, también sugerencia de los hermanos De Col. Su luz rebota sobre la madera y las plantas. Básicamente crea el ambiente.





Aunque le gustaría decir que pasa más tiempo en su estudio, su lugar habitual es la sala, donde hay obras de Valentina Maggiolo, Muriel Holguín y un cuadro suyo, que define el centro del espacio. Es de su primera exposición individual, llamada “Amateur”, aunque el cuadro en sí mismo no tiene nombre. “No les pongo nombre en general porque no quiero encasillar la situación. Siempre trato de que sean cuadros muy grandes, en los que te sientas un poco metido, como si estuvieras adentro. Siempre hay una historia y me gusta que el espectador se la invente”, explica.
En su obra, Andrés evoca lugares que fueron perfectos en algún momento, sobre todo vuelve a la estética de los sesenta y setenta, que al persistir cayó en decadencia. Sobre estos escenarios, centra la figura masculina cargada de erotismo. En los cuadros se encuentran el artista y el director de arte: Andrés arma una escena, la fotografía y luego la traslada al lienzo. El efecto es envolvente.
La pintura todavía sin terminar en su taller sigue el mismo hilo conductor, así como muchos de sus dibujos. Empieza por la foto y luego decide hacia qué medio llevarla. Disfruta trabajar con lápiz en dibujo y explorar colores fuertes y pálidos en pintura. Su taller es la habitación más luminosa de la casa. Hay cuadros de Héctor Delgado, Amadeo González y un par sin colgar de To+ Lab con su signo solar y lunar: Tauro y Piscis. Un elemento más del estudio es su moto: para Andrés, tal como la pintura, el vehículo se define como “un elemento más de independencia”.
Antes, Andrés pintaba en la academia de danza de sus tías, Collage. Fue una temporada feliz donde llegaba y trabajaba en un balcón, con las clases de ballet y la música clásica de fondo. Sin embargo, este estudio es la búsqueda de un espacio accesible y que le permitiera también trabajar de noche. “Soy un poco nocturno. Cuando está todo callado es otro ritmo”, dice. Además de artista, es docente de arte hace casi diez años, así que los días suelen ser dinámicos. “Es duro enseñar a chicos, todo el rato estás pensando en qué vas a hacer y cómo los vas a motivar. Creo que siempre te acuerdas de los mejores y de los peores profesores, espero o ser de los mejores o no ser recordado”, dice riendo. Andrés no deja tareas ni trae trabajo a casa.






Para su habitación eligió colores que, considera, dan calma. Aunque no es mucho de alfombras, esta sugerencia le encantó. Decoran la estancia los cuadros de Rodrigo La Hoz y Luciana Tudela. Una sanseviera, esa planta que alguien le dijo que “atrapa las malas energías”, completa el cuarto.
Conectado al dormitorio, su baño es el último espacio que remodeló, esta vez de la mano de su amigo el arquitecto Hans Klinge. Fue producto de compartir ideas y descubrir juntos cosas que a veces no te das cuenta hasta que las ves funcionando. Todo está a un nivel de fácil acceso: el caño es bajo, el espejo está inclinado para que se pueda ver de cuerpo completo. “Si quiero alquilar algún día esta casa no sé qué voy a hacer”, ríe Andrés. “Pero es exactamente lo que yo necesitaba… y se siente bien tener una casa hecha para ti”.
