Sobre el arraigo

Palabras: Jimena Salas / Fotos: Paula Virreira

Los enchapes de yeso que simulan ladrillo blanco son el sello distintivo del pintoresco edificio barranquino. Este debe tener unos cincuenta años; tal vez un poco más. Además de un clásico del barrio, es sumamente popular: la casa de Maca Cerquera siempre ha sido un buen tema de conversación. “Me dicen: ‘ah, claro, el edificio de ladrillitos, el de balconcitos’. Me ha pasado conocer gente que me dice: ‘yo tenía una amiga que vivía ahí’, o la amiga de la amiga, o un ex… Siempre hay alguien que ha vivido aquí”, cuenta. Y en no pocas ocasiones, aparece alguien que dice que “moriría” por mudarse y ser su vecino.

Lleva dos años ahí, ocupando un pequeño departamento de habitaciones espaciosas. Como de los que ya no se construyen. Hay algo mágico, algo místico en ese lugar… Puede que sea el sitio idóneo para un alma sensible, como la de ella.

Luego de vivir siete años en el extranjero, Maca Cerquera, arquitecta y artista plástica, decidió probar suerte en su propia ciudad. Pasó una temporada corta en un espacio alquilado, luego volvió a casa de su mamá. Hasta que su amiga cercana Majo Vélez la llevó a ver el lindo edificio de ladrillos y balconcitos. Una vez ahí, lo entendió: fue amor a primera vista.

“Cuando estaba buscando, un día, hice un dibujo”, recuerda. “Había una mesa, una sala y un balcón al final”. Luego, añadió las palabras junto al dibujo: “estoy buscando departamento-casa-taller”. Hoy, la sala del depa que Maca y Majo comparten, tiene exactamente esa distribución, los mismos colores. Y cumple todas las funciones que ella había imaginado.

En este tiempo, sus horas de trabajo transcurren entre su habitación y la mesa del comedor. Es que, en realidad, esa es, literalmente, una mesa de taller. Varios de los muebles que tienen fueron heredados del antiguo espacio creativo de Maca. Un sillón, una mesa alta y también otra que usan para el televisor. Las sillas simples y prácticas, de plástico blanco, y los tres espejos apoyados en la pared. Luego, con el buen gusto y criterio de ambas, todo ha ido cobrando más sentido y haciéndose orgánico: unas lámparas, una alfombra, una pieza adicional de madera.

La sala-balcón es su espacio favorito. Ama sentarse ahí, en el suelo. Hubo un tiempo en que bordaba ahí por horas, hasta que comenzó a dolerle la espalda. Pero lo suyo es estar en el piso y descalza, ya sea para dibujar, para conversar con las pocas visitas que recibe o simplemente para mirar una serie y dejar pasar las horas.

En cierto momento, pensaron poner algún cuadro o algo más, pero como el espacio es acotado, prefirieron evitar la saturación. En vez de eso, hay detalles como pequeños bodegones o altares creados por Maca, que alegran la vista con elementos sencillos, flores y una que otra planta. Y también está su trabajo: sus hermosas figuras, sus frases certeras, bordadas con sus propias manos.

Aquí, casi literalmente, las paredes hablan. Hay palabras en todas partes, mensajes curiosos que es inevitable revisar y repensar. En las conversaciones propias o las que escucha en la calle, en sus lecturas o mientras oye canciones, Maca atiende, interpreta, deconstruye y luego vuelve a ensamblar oraciones. Y estas, de pronto, aparecen en su casa. “Es algo que hago desde 2012. Empecé haciéndolo en Buenos Aires. Escribía en post-its y los dejaba en los baños”, explica.

Algunos mensajes son sumamente irónicos, otros parecen declaraciones de amor. Al escribirlos -o transcribirlos, ya no se sabe- no piensa; solo le salen, de manera muy natural. Inconsciente. Por eso ha bautizado así su proyecto de curiosas citas semi-imaginarias.

Maca no busca inspiración; es la inspiración la que parece seguirla a ella. Al inicio de la pandemia, empezó a cultivar paltas, de la nada. Un día se comió una, puso la pepa en agua… ¡y hoy tiene un palto! Contempla sus frutos largo rato, le entusiasma verlos crecer poco a poco. Y hace unos días, se le ocurrió hacer ella misma sus propias macetas. Volver a trabajar en arcilla, quizás bordar la cerámica. O, mejor aún, replicar el hilo con la misma arcilla. O añadir color, o añadir textura, o jugar con las formas… todo sucede en su mente mientras mira sus plantas.

Últimamente, es la cotidianidad lo que la estimula a crear. “Todas las mañanas, después de pararme, lo primero que hago es tomar café. Y eso, por ejemplo, lo bordé. Hice un video en stop motion de mi rutina: me paro, me cambio, me saco las pijamas, voy a la cocina, me preparo el café, vengo, me siento y lo bebo”, detalla. Bordó hasta su tacita, junto con la cafetera. Normalmente sus obras son más abstractas. Pero es lo que llega ahora a su mente, y simplemente, lo deja fluir.

En sus planes está dejar Lima en unos meses, para mudarse a Berlín. No hay mucho que la ate a esta ciudad, y más bien el futuro parece auspicioso en otras latitudes. Pero ella lo sabe, le va a dar pena dejar su depa, sus hábitos, empezar de nuevo en otro lado, solo ella y su gata.

“Majo no quiere dejarlo tampoco; pero no sabe, porque si yo me voy, ella tendría que conseguirse otra roommate y dice que no sabe si podría vivir con otra persona que no sea yo”. Se queda pensativa por una fracción de segundo. “No sabemos bien qué hacer, pero no queremos dejar el departamento”. Si tuviera los medios económicos, dice que intentaría comprarlo. De pronto, se le ocurre que podría hacer algunos arreglos aquí y allá. Es que es difícil sentirse bien en un lugar, reflexiona. En los siete años que vivió en Buenos Aires, calcula que se debe haber mudado una decena de veces. Mientras estuvo allá, nunca logró tener esa conexión con los sitios que habitaba. Siempre era un lugar que se sentía “de otra persona”, por decirlo así.

Pero el pequeño depa de espaciosas habitaciones, situado en el pintoresco edificio barranquino de falsos ladrillos blancos, es su lugar favorito. Trabaja tranquila, crea, comparte, pasea en bicicleta por los alrededores, disfruta de la cercanía al mar, hace lo que quiere… Quizás dentro de poco llegue el momento de volar nuevamente, pero por ahora, parece que es exactamente ahí donde tiene que estar.

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